Viajar: la pesadilla del mundo antiguo

Viajar: la pesadilla del mundo antiguo

Muchas veces, sobre todo cuando tengo que trabajar el tema en mi novela, reflexiono sobre el cambio de la concepción de viaje actual respecto a los viajes en la antigüedad.

¿Qué ocurre cuando se nos plantea la posibilidad de realizar un viaje? Conforme nos lo proponen, por norma general, nuestro cuerpo comienza a producir endorfinas e inmediatamente nuestra imaginación se desborda. Nos vemos montando en camello, explorando tumbas, haciéndonos selfies con el Coliseo y poblando nuestras redes sociales con fotografías que pretenden demostrar la vida tan guay y blogger que llevamos. Esto hasta hace nada era impensable. Mi abuela, hasta hace poco, se angustiaba de coger el autobús Villamayor-Zaragoza y se clavaba en la parada veinte minutos antes, a aguantar el rico cierzo de las mañanas de invierno.  Coger un tren le ponía muy nerviosa, un barco se le hacía un mundo y un avión era impensable para ella.

Ahora los tiempos han cambiado, gracias a las empresas lowcost tenemos vuelos a precios asequibles y esto ha facilitado la visión cotidiana que tenemos a la hora de coger un avión o incluso un barco. Ahora metamos nuestra mentalidad del siglo XXI en una caja y tirémosla al Tíber, puesto que debemos pensar en lo que se le pasaba a un romano por la cabeza, cuando veía obligado a viajar. Ante el planteamiento de un viaje seguramente pensaría “¡Qué putada!” “¡Por Júpiter!¿Por qué a mí?” Esto es así, porque la visión del viaje entrañaba ante todo riesgos. En este artículo analizaremos esta visión que tenían del viaje como un riesgo continuo, así como las formas que tenían de enfrentarse a la situación. Comencemos.

El temor al viaje y el concepto de “riesgo”

De todos es sabido la importancia de la navegación y de los viajes para el desarrollo de las culturas mediterráneas. Sin embargo, pese a lo frecuente, no podemos olvidar que era una actividad cargada de riesgo y era asumida con todo tipo de recelo[1].

Los viajes más conocidos para los historiadores son los realizados por mar, por lo que haré hincapié en ellos. Los viajes marítimos tenían sus problemas ya en el propio hecho de las condiciones de los desplazamientos. Ya en las fuentes literarias, que siguen la tradición de La Odisea, nos muestran los peligros de las corrientes, las tempestades y los temidos piratas. Por ello las experiencias en barco eran las más temidas.

Ulises y las sirenas, John William Waterhouse, National Gallery of Victoria de Melbourne, 1891.

Sin embargo, eran más frecuentes los viajes por vía terrestre, si bien el mar era temido por ser un medio hostil, la tierra no preocupaban menos a los viajeros. Las preocupaciones de los caminos estaban infundadas sobre todo por la eterna duración del trayecto, así como los tramos inseguros y sobre todo el bandidaje, tan generalizado. No era sólo el temor a ser saqueado, también estaba el temor a otros factores, en su mayoría imaginario, como el desconocimiento a los dioses locales, tema que mencioné en el artículo de Claves para entender la religión romana. Efectivamente, el temor a los dioses locales numina hacía necesario invocarles y por ello se realizaban distintas paradas en los lugares de culto, que se iban encontrando, durante los trayectos.

No debemos olvidar, tampoco, que no sólo era el temor a los peligros del viaje, sino el dolor de abandonar el hogar natal. Esto es así, porque a diferencia de hoy en día, dentro de la mentalidad romana estaba el concepto de “hombre feliz”, aquel que veía de anciano la casa donde nació. Tal y como señala Alvar, esta concepción ya estaba dentro del, moss maiorum, es decir, de las costumbres e ideas de los ancestros[2]. El hecho de sentirse lejos del hogar, separarse del círculo de amigos, genera sentimientos de indefensión así como un gran número de perjuicios tal y como señala Ruiz Gutierrez[3].

Pero sobre todo, el riesgo que suponía el morir durante un trayecto. Morir en un viaje suponía el 90% de las veces no poder morir enterrado, terrible para cualquier romano, como ya vimos en el post ¿Hablamos de la muerte?.

Por tanto eran cuantiosos los problemas a la hora de viajar en la antigüedad, sin embargo, indaguemos un poco más en los viajes marítimos.

El Mare Nostrum: ¿quién dijo lo de balsa de aceite?

Ya he mencionado más arriba que el concepto de viajar en sí mismo, suponía chocar directamente con las directrices de los antepasados, moss maiorum, tan importantes en el día a día de los romanos. Viajar por mar, para muchos era una locura, sobre todo para aquellos que su subsistencia estaba ligada a la tierra. El mar constituía un medio hostil en sí mismo y en él, además se desarrollaban diversos peligros:

Al romano que se ganaba la vida con la tierra se le hacía un nudo en el estómago al pensar en los vientos desfavorables, que podían llevar a una embarcación a la deriva, durante sabían los dioses cuanto tiempo. O por el contrario la calma más absoluta de algunas regiones mediterráneas que podía hacer de las navegaciones empresas interminables.

Sin embargo, incluso hoy, lo que nos hace temer al mar, son las tempestades. Lo cruel que resulta comer sopa en un crucero, un día revuelto. ¡Qué problemas tenemos hoy en día! Fuera de bromas, las tempestades eran un gran peligro, para esas cáscaras de nuez, a las que llamamos barcos.  Había una época determinada para viajar, cuando las corrientes eran favorables y había menos riesgos de tempestades, lo que los romanos llamaban mare apertum, es decir, durante primavera y verano. Sin embargo, pese a que las tormentas se daban en otoño e invierno, durante el mare apertum, eran más frecuentes los ataques de piratas, la otra joyita del Mediterráneo.

La amenaza que suponía el ataque pirata se veía acrecentada por los rumores de cada zona. Pompeyo emprendió campañas contra la piratería en el Mediterráneo y a partir de ese momento se convertirá un tópico de propaganda utilizado por los distintos gobernantes, entre ellos Augusto[4].

No sólo los goberantes se atribuían estos méritos, también los gobernadores de las provincias tenían la tarea de controlar a ladrones bandidos y las acciones piratas de baja intensidad, tal y como señala Alvar, había pescadores que trataban de despistar a los barcos, con faros falsos, para que los barcos chocaran contra las rocas y así robarles las mercancías[5].

Además de los fenómenos meteorológicos y los piratas, había otros factores de riesgo, esta vez imaginarios. Abundaban las narraciones cargadas de dramatismo, en las que se narraban los encuentros entre marinos y criaturas fantásticas y monstruosas, como son las sirenas, los grifos, esciápodos o las mantícoras, no sólo los géneros narrativos, sino también tratados de geografía e historia.

Grabado de 1544 en el que aparecen (de izquierda a derecha) un Monopodo o Esciápodo, un Cíclope femenino, Siameses unidos, un Blemio, y un Cinocéfalo.
Esciápodo, grabado perteneciente a las Crónicas de Nurenberg de 1493.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Como hemos visto, los riesgos a viajar, tanto por tierra como por mar, eran numerosos y era normal la actitud de rechazo ante el viaje. Sin embargo, en la gran mayoría de los casos, el viaje se presentaba como causa de fuerza mayor, por lo que no se podía rehusar. Podían ser motivos comerciales, un matrimonio o desplazamientos de índole militar. En cualquier caso, cuando no había otro remedio y había que afrontar el trayecto se tomaban medidas que ayudaban a la gestión del riesgo o, más bien, del miedo.

Contra el riesgo: magia y ritos

Cuando no quedaba otro remedio que emprender viaje se podían tomar una serie de precauciones y medidas para tratar de gestionar esos riesgos. Esta preocupación general dio lugar a utilizar la religión como recurso. Esto abría un amplio abanico de religiosidad respecto a los navegantes. Antes de emprender un viaje, la visita al templo era obligada, para evitar accidentes nefastos. Esto llevaba a realizar presupuestos de viaje, en los que no sólo se incluían los gastos producidos durante el trayecto, sino además los derivados del culto, como los sacrificios a los dioses, para que el viaje fuese propicio.

Eran frecuentes una serie de prácticas entre los navegantes, fuera del culto en los templos como la de colgar de los mástiles pieles de foca o de hienas, con el objetivo de rechazar los relámpagos. También se le podía añadir otras filacterias como corales.[6] Los marinos solían pintar en la proa de los barcos unos enormes ojos, que bien tenían como objetivo antropomorfizar la nave o transmitir el mundo de lo divino, así como en los barcos militares se utilizaba como gesto amenazante[7].

Había otros mecanismos, utilizados para proteger la nave. Este es el caso de las piedras semipreciosas y los amuletos. Se comerciaba con una inmensa variedad de ellos, que quedan recogidas en enormes catálogos denominados lapidarios. Que aunque en sí mismas estas piedras constituían estafas, realmente lo que importaba era el valor que cada individuo le confería al amuleto, todo era una cuestión de sugestión y de no viajar a las bravas.

Por otra parte, la literatura greco-romana que ha llegado a nuestros días ofrece una información rica y variada sobre las prácticas religiosas, que efectuaban los viajeros de la antigüedad. Precisamente, existe un género literario llamado propempticon, que consiste fundamentalmente en rogar a los dioses, para que una persona amada llegue a buen puerto[8].

Sobre estas prácticas sabemos que distinguían entre dos grandes momentos la profectio, es decir, el momento de la partida y el de llegada, aduentus. Estos eran los momentos claves en el que se cumplían los ritos religiosos pertinentes al viaje, sin embargo, debido al temor a los dioses desconocidos, estos ritos se prolongaban durante todo el itinerario.

El umbral de la casa era la primera gran frontera que se cruzaba en el viaje y está asociada a todo tipo de supersticiones, por lo que había que tomar precauciones[9]. Hoy en día sin ir más lejos, todavía, queda gente que se santigua antes de salir a la calle, por tanto esa idea continua subyacente en nuestra mentalidad colectiva. En el mismo momento de la partida se formulaban los votos a los dioses, que tal y como comentaba en Claves para entender la religión romana, se trataban de promesas que se realizaban a los dioses a cambio de que algo saliese bien, en este caso el viaje. Asimismo, se realizaban los sacrificios a los dioses Lares.

Al regreso del viajero, tenían lugar otros ritos religiosos como era el cumplimiento de los votos, además se realizaban banquetes que celebraban el reencuentro con la familia y los amigos, el placer de volver a estar en el hogar. Sin embargo, como he comentado más arriba, era frecuente seguir realizando prácticas religiosas durante todo el camino, ya que el itinerario estaba plagado de dioses desconocidos, en cada una de las regiones del Imperio y era necesario presentarles respeto, antes de atreverse a cruzar sus dominios. Los sitios perfectos para realizar estos eran los santuarios de estos dioses, que se podían encontrar, a lo largo de todo el camino. Muchas veces también se aprovechaban estos lugares para realizar ofrendas y cumplir los votos prometidos.

Dioses del regreso

Obviamente el viajero no sólo se encomendaba a los dioses para que el viaje resultase fructífero y seguro, sino para que también el retorno garantizase la llegada del individuo sano y salvo. Gracias a la epigrafía encontramos dedicatorias destinadas a los dioses que propiciaban el retorno.

Era frecuente recurrir a los dioses romanos del panteón clásico, pero también a las divinidades locales, tal y como ocurre en Hispania y las Galias[10], a Iuppiter, Obana, y Itsacurrina. También solía invocarse a la Tutela, Salus, Hércules Víctor, Valetudo, al dios Glanis y a las madres Glanicae.

Sin embargo, la divinidad que se llevaba la palma en estos casos era Fortuna Redux, la diosa que hacía volver a los viajeros. Era habitual el epíteto Redux para algunos dioses como Mercurio Redux, Iuppiter Redux, Neptunus Refux, según la movilidad geográfica.

Sin embargo, la más generalizada es Fortuna Redux,  que aparece con más frecuencia en la epigrafía y cuyo culto arranca ya en el 19 a.C., posteriormente oficializado por Augusto, tras su regreso de Siria. El regreso del princeps fue celebrado por el Senado, consagrando un altar a la diosa[11].  Este monumento se erigió cerca de la puerta Capena, por donde entró el emperador a su regreso. A partir de ese momento en las Augustalia, las vestales, junto con el colegio de pontífices realizaban sacrificios a Fortuna Redux con el objetivo de conmemorar el regreso del emperador.

Diosa Fortuna, escultura romana, realizada a partir de un modelo griego del siglo IV a.C.

Otras fechas destacadas en las que se rinde culto a la diosa son durante los fasti Amiternini, el 12 de octubre, que se celebra la dedicación del emperador al consagrar el ara, por haber llegado a Roma exitoso; pero también durante supplicationes cada 15 de diciembre, aniversario de este altar dedicado a Fortuna.

Gracias a esta tradición que crea Augusto, esta deida fue invocada, en tiempos sucesivos, para garantizar el éxito de empresas militares y otros asuntos oficiales. Era necesario, para los gobernantes, el culto a esta diosa, ya que sus desplazamientos eran continuos y esto se traslada también a los magistrados que en calidad de gobernadores u otros cometidos tenían que desplazarse, por las distintas provincias del Imperio.

Concluyendo

A diferencia de los tiempos que corren, viajar en la antigüedad era una empresa repleta de peligros, por ello se recurre a la magia, a los dioses y al culto a diversas divinidades que protejan al viajero. Gracias a la epigrafía y a la literatura greco-romana que nos ha llegado, podemos reconstruir algunos fragmentos de este tipo de cultos y así poder hacernos una idea de ese miedo y esas pretensiones tan negativas que suponían los viajes terrestres y marítimos.

La gran parte de los peligros a los que se enfrentaban los viajeros eran reales, como los fenómenos meteorológicos, los piratas y los bandidos, pero también estaban los peligros imaginarios, plagados de monstruos y dioses desconocidos. Resulta interesante poder ver cómo el individuo antiguo gestionaba ese miedo a través de la magia, utilizando diversos amuletos y sobre todo mediante la religión, invocando a dioses que propiciasen el retorno así como a otros dioses desconocidos, pidiéndoles permiso para adentrarse en su territorio.

[1] Ruiz Gutiérrez, A., “Viajes y prácticas cultuales en las provincias romanas de Hispania y la Galia!, en Iglesias Gil, J.M., y Ruiz Gutiérrez, A., (eds.), Viajes y cambios de residencia en el mundo romano, Santander: Universidad de Cantabria, 2011, págs. 202.

[2] Alvar Nuño, A., “Los riegos de navegar en el mundo romano y las prácticas máginas para solventarlos”, en Minius: Revista do Departamento de Historia, Arte e Xeografía, 21: (2013), págs. 7-21.

[3] Ruiz, pág, 204.

[4] Alvar, pág. 13.

[5] Ibíd.

[6] Ibíd., pág. 16.

[7] Ibíd., pág. 17.

[8] Ruiz, pág. 205.

[9] Ibíd.

[10] Ibíd., pág. 211.

[11] Ibíd., pág. 213.

Bibliografía:

ALVAR NUÑO, A., “Los riegos de navegar en el mundo romano y las prácticas máginas para solventarlos”, en Minius: Revista do Departamento de Historia, Arte e Xeografía, 21: (2013), págs. 7-21.

ALVAR NUÑO, A., (dir.), El viaje y sus riesgos. Los peligros de viajar en el mundo greco-romano, Madrid: Liceus, 2011.

RUIZ GUTIÉRREZ, A., “Viajes y prácticas cultuales en las provincias romanas de Hispania y la Galia!, en Iglesias Gil, J.M., y Ruiz Gutiérrez, A., (eds.), Viajes y cambios de residencia en el mundo romano, Santander: Universidad de Cantabria, 2011, págs. 202.

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