Ottium: el ocio en Roma, volumen I: el circo

Ottium: el ocio en Roma, volumen I: el circo

Aquí he hablado de la muerte, de religión, del agua, pero llevaba tiempo rondándome la cabeza escribir sobre las diversiones romanas. Después de la encuesta, vi que algunos también estabais interesados sobre ellas, así que me voy a permitir hacer esta miniserie de artículos, empezando por un espectáculo, sobre el cual investigué hace no mucho: el circo. Pero, antes de meterme con las carreras debería matizar una serie de puntos sobre la forma de divertirse de los romanos.

Lo primero que debería decir es que los romanos no tenían un sistema elaborado de juegos competitivos, no tenían ese sentido del deporte, que tenemos en la actualidad. Bien es cierto que jugaban a la pelota, montaban a caballo, algo de esgrima y lanzaban discos, pero era una cuestión de mantener una forma física, mantener unos buenos brazos… (Vigoréxicos ha habido en todas las épocas, podría aplicarme un poco el cuento)

Palestra de Pompeya

El caso es que no tenían, tal y como ocurre en la actualidad, un deporte nacional o distracciones sociales en las que hombre y mujeres participaran. Según dice Johnston, “Conseguir que otros te divirtieran era algo caro y difícil.”[1] Si a los romanos realmente les gustaba algo eran dos cosas: por un lado reírse, les chiflaban las farsas, dentro de las cuales se incluían los mimos y las pantomimas (mucho más que la tragedia y la comedia). Por otro lado, todo lo que tuviese relación con las apuestas y si, encima, la actividad en cuestión tenía algún riesgo de sufrir heridas o de morir, muchísimo mejor.

Podríamos clasificar este tipo de diversiones en dos grandes grupos: el primero todos aquellos juegos, en los que los romanos participaban, como los deportes al aire libre y algunos juegos de cierto riesgo. En el segundo gran grupo, estarían los juegos en los que no serían más que meros espectadores, es decir, los juegos públicos y privados.

En cuanto a este último grupo, habría que puntuar una serie de cuestiones. En primer lugar, los juegos públicos eran gratuitos y en origen eran celebrados en honor de algún dios o dioses y lo pagaba el Estado. Más tarde y según avanzaba en el tiempo, el Imperio, fueron utilizados con fines políticos, por lo que aumentan y se multiplican, perdiendo su sentido religioso original. No es que fueran unos juegos que si querías ibas o no. La cuestión es que cuando se celebraban toda actividad económica se paralizaba, por lo que los ciudadanos debían tomarse unas vacaciones obligadas. Sabemos el aumento de estos espectáculos, puesto que a finales de la época republicana, en el calendario romano había unos sesenta y seis días de juegos; mientras que en época de Marco Aurelio se contabilizan ciento treinta y cinco días de juegos.

Además de los juegos públicos, había otros juegos, de carácter extraordinario que celebraban acontecimientos especiales, por no olvidar también los juegos funerarios, que se celebraban al morir alguien importante. Sin embargo, estos no eran considerados vacaciones legales.

El circo y los ludi circenses

Tal y como he anunciado más arriba el post de hoy está dedicado al circo. Mi decisión de empezar por él, es porque lo conozco mejor que los otros espectáculos y porque además son los juegos de mayor antigüedad en Roma, además de los más populares.

Podría empezar definiendo la palabra circus, que no quiere decir otra cosa que anillo o círculo, por tanto los ludi circenses, era cualquier espectáculo desarrollado en un recinto circular. Sin embargo, había varios tipos, aunque el más famoso, como todos sabéis eran las carreras de carros.

¿Dónde nos matamos? Breve evolución

¿Qué necesitaban los romanos para efectuar estas carreras? Pues simple y llanamente una buena explanada, llana y amplia, como ese pequeño valle que había entre el Aventino y el Palatino y es, precisamente allí, donde se desarrollaron las primeras carreras y, después de construir otros circos en la ciudad, este primero pasó a denominarse Circo Máximo, porque además del primero era el mayor, así como el más popular.

Plano de la ciudad de Roma, con la representación del Circo Máximo

El segundo en Roma, fue el denominado Circo Flaminio, en el 221 a.C., por el mismo hombre que tendió la vía Flaminia y estaba situada en la zona sur del Campo de Marte.

Para ver el tercer circo, Roma tuvo que esperar al periodo de Calígula y Nerón, en el siglo I, quienes participaron en su construcción. Este se encontraba a los pies del monte Vaticano, era el más pequeño de los tres. Sin embargo, no fue el último. La ciudad llegó a tener otros tres circos más, para que podáis haceros una idea de la pasión por estos espectáculos. Uno de ellos estaba a cinco millas, de la Via portuensis, el llamado Circo de los hermanos Arvales. En la vía Apia estaba el Circo de Majencio del 309 d.C. y a 18 kilómetros de allí en la antigua ciudad de Bovillae había otro.

Sobre el plano

Si pensamos en las carreras de Fórmula 1, Moto GP y otras cosas que no veo, podemos concluir en que los gustos no han diferido tanto. Nos gusta ver cosas corriendo a toda velocidad nos estremecemos al ver la cara del motorista, bien cerca del suelo, pero no por ello cambiamos de canal, al contrario, vemos las repeticiones. Pues bueno, también era parte del morbo de aquel entonces.

La estructura general del circo constaba de las siguientes partes:

Por un lado estaba la harena, la zona larga y estrecha rodeada de grandes gradas, que corrían en líneas paralelas, hasta cerrar el recinto en un semicírculo final. En este semicírculo había una puerta, la llamada porta triunphalis, por la cual salía el vencedor, mientras que en el extremo opuesto estaba la porta pompae, por la que entraban las procesiones al circo. A ambos lados de la porta pompae  se situaban las carceres, las barreras flanqueadas por dos torres en las esquinas. Entre las torres y las gradas había pequeñas puertas por las que entraba la gente.

La harena estaba dividida por un muro en dos tercios de su longitud. A este pequeño muro se le llamaba spina y esta, en sus extremos, tenía unos pilares, metae, los cuales marcaban el fin de la carrera. Para completar una vuelta había que recorrer los dos lados de la spina, lo que llamaban spatium o curriculum, mientras que un cierto número de vueltas era el missus. Aunque la última vuelta sólo tenía un giro. La línea de meta era trazada con cal, y de ahí su nombre calx.

Precisamente, como es lógico, era en la arena donde se desarrollaba la carrera. Su nombre viene de la arena empleada en el suelo, para que los caballos protegieran sus cascos sin herradura. Tal y como estaba dispuesta la estructura del circo, se puede adivinar que lo importante no era la velocidad, sino el peligro, que era con lo que de verdad disfrutaba la gente. De ello nos han quedado imágenes, con representaciones de las carreras de carros, en las que los carros aparecen destrozados y los aurigas bajo las ruedas de los cascos de los caballos. No se trataba de recorrer una medida exacta, puesto que cada circo tenía unas dimensiones distintas. Lo que sí parece es que había que recorrer siete vueltas.

Las carceres eran las zonas donde se encontraban los carros y los equipos antes de la carrera. Eran unos habitáculos abovedados y estaban separadas entre sí por muros. En estas cámaras cabía el  carro con sus caballos, (¡a veces hasta diez!). En época de Domiciano ya se decretó un número máximo de carros, pero más tarde llegó a haber hasta doce. Si bien el número de carros que podían correr era cuatro a la vez, uno por cada equipo, éstos podían inscribir a más de un carro.

Las carceres fueron situadas trazando una curva, para que todas ellas tuviesen que recorrer la misma distancia. No había entonces ninguna ventaja para nadie en la salida, además los lugares se asignaban por sorteo. Sobre la porta pompae estaba el palco para el magistrado encargado de dirigir los juegos, conocido como dator ludorum, quien se encargaba de dar la señal de salida, con  un pañuelo blanco, mappa.

Las factiones del circo

Tal y como ocurre hoy en día, alrededor de todo este espectáculo, había unas facciones que controlaban todo el mercado que giraba a alrededor del circo. En los primeros tiempos, cualquiera podía apuntarse y correr una carrera, sin embargo, con el devenir de los siglos, ninguna persona con cierta reputación participaba en las carreras. Eran las factiones quienes presentaban a un auriga, además de controlar todo el mercado de sus caballos así como su entrenamiento.

Representación de cuádrigas de Albert Kuhn, 1913

El organizador de los ludi circenses se encargaba de negociar con las facciones y se contrataba un número determinado de carreras. En época de César eran diez o doce al día, pero luego esta cifra se dobló. Eran los equipos quienes se encargaban de proveer de todo lo necesario a la carrera. Recibían el nombre del color de sus aurigas. Durante las primeras épocas del circo, los equipos eran únicamente dos: el rojo o russata y el blanco o albata. En época de Augusto se añadieron dos más el veneta o azul y el prasina o verde. A Domiciano le debieron parecer pocos, porque durante su principado se crearon dos más el oro y el púrpura.

Tal y como ocurre hoy día con los deportes, se movían enormes fortunas en torno a los caballos. La rivalidad entre las facciones se extendía al resto de la ciudad y cada una de ellas tenía sus propios seguidores.

Cuando terminaba cada missus, grandes fortunas pasaban de mano en mano y, para ello, no se dudaba en hacer trampas. Los caballos eran dopados con sustancias y los aurigas rivales podían sobornados o, en caso de resistirse, envenenados. (Si cuando digo que eran prácticos, lo digo por algo).

Las equipaciones

Los carros que se utilizaban en los equipos eran ligeros y bajos. Cerrados por delante y abiertos por detrás. Creo que todos tenemos la imagen  en la cabeza, al menos si hemos visto Ben Hur o leído Asterix y Obelix: La vuelta a la Galia, así que no insistiré más en aspectos formales de los carros.

Fotograma de la película Ben Hur

Simplemente diré que el nombre variaba en función de los caballos que tirasen de él. Así se podía distinguir entre los carros de dos caballos, bigae, tres trigae,  cuatro, quadrigae y más tarde, de seis caballos, seiuges y hasta siete seteiuges. Sin embargo, ante esta variedad el más utilizado era el de cuatro caballos.

Fresco perteneciente a la villa de Majencio

En cuanto a los caballos, el más importante era el situado a la izquierda, ya que ese era el sentido de la carrera, por tanto el que marcaba el rumbo del carro. Si había el más mínimo descuido en ese caballo, su fallo suponía la ruina para el carro, que podía conducir a la rotura del carro o bien terminar estampado contra las gradas.

Como podéis imaginar no era una cuestión de velocidad, había que tener varias aptitudes, como el valor, la fuerza y sobre todo la resistencia. La mayoría de los caballos eran sementales, nunca menores de cinco años, y son pocas las yeguas que aparecen mencionadas en los escritos.

Los aurigas

También conocidos con el nombre de agitatores o aurigae, podían ser esclavos o libertos, ya que algunos lograban su libertad por sus habilidades en las carreras. El atuendo de los conductores de carros solía componerse de un gorro ajustado, una túnica corta del color de su factio, unas bandas de piel alrededor de los muslos, una especie de cojines para los hombres y unas pesadas protecciones de piel para las piernas, muy parecidas a las de los futbolistas.

Mosaico de la Villa del Casale en Sicilia

Las riendas eran anudadas al cuerpo del auriga y en su cinturón llevaba un pequeño cuchillo, por si surgía la necesidad de ser cortadas, al caer. Durante las carreras había que demostrar suficiente valor, así como la fuerza necesaria. Era frecuente apremiar el juego sucio, por lo que no era raro acometer contra el carro vecino, tratar de cerrarle el paso, etc.

Tal  y como ocurre con los futbolistas de la actualidad, los aurigas cobraban sumas exorbitantes, también podían terminar muy mal parados, ya que la índole de estas carreras apuntaba a tener que jugarse bastante la vida.

Han llegado hasta nosotros los nombres de aurigas famosos, entre los que destacan Publio Elio Gutta Calpurniano, quien consiguió 1.127 victorias, durante los últimos años del Imperio; Cayo Apuleyo Diocles, hispano que consiguió 1.462 victorias (104-146 d.C.); Marco Aurelio Líber, quien obtuvo 3.000 victorias; Flavio Escorpo o Pompeyo Muscosus.

Otros ludi circenses

Cada vez más el circo fue destinándose únicamente a las carreras y otros espectáculos, antes circenses, terminaron en los anfiteatros. Sin embargo, sabemos de la existencia de espectáculos menos populares, pero que también han dejado huella en la Historia. Entre ellos estaban los desultores, hombres que montaban simultáneamente dos caballos, pasando de uno a otro, mientras corrían a toda velocidad.

También eran habituales los espectáculos de caballos, que eran entrenados para realizar números extraños sobre inestables plataformas, algo parecido a lo que ocurre en los circos actuales.

Otras actuaciones que gustaban mucho al público romano eran las venationes, también llamadas cacerías, donde se soltaban a fieras salvajes para que luchasen entre sí o para que las mataran hombres, entrenados para ello.

Mosaico con escena de venatio, perteneciente a Thelepte, hoy en el Museo del Bardo de Túnez

Cerrando el circus

Terminando con este post de hoy, quiero destacar las influencias antiguas que siguen vigentes a día de hoy, en nuestros espectáculos. Como los espectáculos y el entretenimiento no han cambiado tanto. Termino aquí este primer artículo del ottium, pero no hago más que inaugurar esta miniserie dedicada a las diversiones romanas. Si os ha gustado, ¡no os perdáis la siguiente entrega!

[1] Johnston, pág. 232

Bibliografía:

Blázquez Martínez, J.M. (2005), Las carreras de carros en su origen y en el mundo romano” en Teresa Andrada- Wanderwil de Quadras (coord.), Historia del carruaje en España. Madrid, Fomento de Construcciones y Contratas.

Quesada Sanz, Fernando (2008), Armas de Grecia y Roma. Madrid, La Esfera de los Libros.

Teja, A. (1995-1996), “Los edificios deportivos de la Roma Antigua”, Historia de la Educación, Vol. XIV-XV (1995-96), pp. 47-59.

Trachtenberg, M., Hyman, I. (1990), Arquitectura, de la prehistoria a la postmodernidad, Madrid, Akal.

Johnston, H. W. (2010), La vida en la antigua Roma, Madrid, Alianza.

 

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