LA ESCLAVITUD EN ROMA VOL.I: EL NEGOCIO HUMANO

LA ESCLAVITUD EN ROMA VOL.I: EL NEGOCIO HUMANO

Es bastante inútil, a mi parecer, hablar de la vida cotidiana de los antiguos romanos sin referirnos a los esclavos. Por eso me alegró que, aún en un último lugar, tuvo cierta acogida en aquella remota encuesta twittera.

A ellos les quiero dedicar el primer ciclo de artículos, con el que empiezo el otoño en el blog, tras un verano que por poco termina conmigo. Pero ya estoy de vuelta, así que empecemos.

Recreación de la construcción de una calzada por esclavos

La esclavitud y su crecimiento

Si observamos la trayectoria que ha llevado la historia de Roma o incluso si nos fijamos en su leyenda, se puede apreciar que siempre hubo esclavitud. Sin las manos esclavas este fastuoso Imperio nunca se hubiese desarrollado tal y como lo conocemos. Sin embargo, pese a esta continua presencia servil, Roma no siempre tuvo el mismo número de esclavos, ni tampoco eran utilizados para lo mismo en las diferentes épocas.

Precisamente, se observa un incremento de la esclavitud, desde los tiempos de la República hacia los del Imperio.

Tenemos noticias que nos informan de que en los primeros años de la República los esclavos eran empleados únicamente en el ámbito rural. Se hacían cargo de las granjas y de sus campos. Sin embargo, conforme pasan los años hubo un incremento de la esclavitud. ¿Cómo y por qué? Muy fácil: las conquistas.

“El galata moribundo” Escultura en mármol, siglo 230-220 a.C. Museos Capitolinos, Roma

¿Cuándo se generalizó la esclavitud domestica? Se desconocen las fechas exactas, al igual que ocurre en las otras actividades productivas. Lo que sí sabemos es que durante el último siglo de la República, las llamadas “profesiones liberales”, el trabajo manual y las actividades comerciales eran desempeñadas por esclavos.

¿Qué supuso esto para la sociedad? (supuso un hostión enorme) Afecto notoriamente a la economía y también a la mentalidad romana. En cuanto al primer aspecto, debemos tener en cuenta que el hombre libre tenía que competir con la mano de obra esclava y no sólo eso, sino que, y aquí viene el segundo aspecto, cualquier actividad desempeñada por un esclavo era inmediatamente menospreciada.

Si trabajabas en lo mismo que trabajaba un esclavo, la gente se burlaba y te miraba por encima del hombro y llegó un momento en que trabajar en general, lo hiciera un esclavo o no, estaba mal visto. De ahí que lo de trabajar sea malo.

El incremento  de esclavos también se notó en el mundo rural. La mano de obra esclava permitió a los latifundistas absorber a las pequeñas granjas. Como veréis lo que ocurre en la actualidad no es nada que no haya ocurrido antes.

Si los esclavos acaparaban todo el trabajo manual ¿cómo yo, hombre libre, me gano la vida?

  1. Me meto a legionario
  2. Me hago tratante de esclavos
  3. Formo parte del ocioso proletariado de las ciudades

Con este panorama no se podía esperar más que unas consecuencias económicas desastrosas, sin mencionar lo desmoralizador que resultó para los hombres libres. (Más desmoralizador sería la vida de los esclavos…pero para qué vamos a hablar de sus sentimientos en un post dedicado a ellos)

Dejando de lado este aspecto, el aumento de la esclavitud, hizo que la moral romana de los primeros siglos se desvirtuase. Poco lugar quedaba para la sencillez, la frugalidad y templanza, valores que se admiraban en el moss maiorum. Eran los esclavos quienes ocupaban todos los aspectos domésticos, desde maestros, a administradores de los negocios de sus amos, por no mencionar que copaban todos los caprichos de sus amos.

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¿Cuántos esclavos pudo haber en Roma?

Pregunta estúpida donde las haya, teniendo en cuenta que no tenemos forma de saberlo de forma exacta. Sin embargo, contamos con ciertos datos indirectos que nos permiten hacernos una idea del volumen que ocupaban, dentro de la sociedad romana.

Por ejemplo, de los primeros tiempos de la república se repiten en las fuentes nombres como Marcipor y Olipor, nombres insuficientes para nombrarlos, si hubiese habido gran número de esclavos.

Otros testimonios como los escritos de las Guerras Púnicas, entre otros, hablan de el gran número de esclavos que se vendieron. Escipión Emiliano vendió unos 60.000 esclavos. Tenemos otros datos, como por ejemplo Emilio Paulo debió vender unos 150.000 griegos; Cayo Mario 140.000 cimbrios y entre César y Pompeyo a un millón de galos y asiáticos (¡Pandilla de bestias!)

Otro valioso indicio que nos habla del importante número de esclavos fueron el miedo a las insurrecciones que perturbaba el sueño de los romanos. Pese a que nunca tuvieron éxito, suponían un problema grave y esto no hubiese sido así si no hubiera un gran número de mano de obra esclava.

Sin ir más lejos, sólo en Sicilia hubo dos importantes insurrecciones. La primera de ellas (134-132 a.C.) la cual fue sofocada e inmediatamente el cónsul Rupilio había hecho crucificar a 20.000 esclavos (que se dice pronto) sólo para advertir y atemorizar a los demás (¡Por Júpiter!¿cuántos serían en total?) La segunda revuelta en Sicilia transcurrió del 102 al 98 a.C. Fueron unos cuantos años para no suponer un problema.

Por último, la más famosa, la insurrección de Espartaco, cuya batalla final contra Craso en el 71 d.C. se llevó 60.000 vidas por delante.

“Espartaco” de DEnis Foyatier, 1830, Museo del Louvre, París

Horacio nos deja un testimonio más palpable que estas cifras astronómicas. Él decía que diez esclavos eran poco para un caballero. El mismo Horacio, según lo que cuenta tenía dos esclavos atendiendo sus asuntos en la vrbs, mientras que otros ocho se ocupaban de su granja. Era de la opinión de que esta cifra era muy modesta (y lo dice el hijo de un liberto… lo que hay que oír)

¿Cómo llegaban tantos esclavos a Roma?: Las fuentes de abastecimiento

Sobra decir que en tiempos de la República, la gran mayoría eran prisioneros de guerra. Lo normal es que fueran vendidos lo más rápidamente posible. Custodiar a un gran número de prisioneros guerreros en tierra hostil suponía un gran número de efectivos, a quienes se podía emplear en otra cosa. Es por ello que los soldados debían deshacerse de ellos lo más rápidamente posible.

El quaestor era quien se encargaba de la venta. El lugar en que se efectuaba era señalizado con un hasta, es decir, una lanza clavada en el suelo. Los prisioneros llevaban coronas al igual que ocurría en los sacrificios. De este hecho se acuñó la expresión sub hasta venire y sub corona venire (llegara bajo la lanza o bajo la corona) que quiere decir simplemente “ser vendido como esclavo”.

Cuando se trataba de mangones o tratantes al por mayor, se concentraban a sus esclavos en almacenes. Cuando estos estaban llenos, los esclavos eran llevados a Roma. Los obtenidos de esta forma solían ser hombres con buena salud y que habían combatido contra Roma. Pese a gozar de un buen estado de salud eran indomables y había que tener cuidado, puesto que en muchas ocasiones si no te rebanaban el cuello, preferían el suicidio a la esclavitud, en el mejor de los casos.

A este ritmo, Roma se convirtió en poco tiempo en uno de los mayores mercados de esclavos del mundo conocido. A ella llegaban prisioneros de todos los puntos del Imperio. Dependiendo de la procedencia eran valorados para unos oficios u otros. Algunos ejemplos nos los da Johnston en su obra: los procedentes de Cirene eran los mejores sirvientes domésticos; de Iliria o del Epireo eran muy valorados para el pastoreo; los griegos eran destinados a labores de amanuense, maestros o contables, mientras que los capadocios eran seleccionados por su resistencia, para desempeñar los trabajos más duros.

Cabe destacar que muchos de estos esclavos ya habían sido siervos en su vida anterior. La presencia romana simplemente implicó un cambio de dueños, no un cambio de vida para muchas de estas personas. Otras sin embargo, pasaban a convertirse en esclavos, no por ser prisioneros de guerra, sino por haber caído en manos de los temibles tratantes de esclavos, tal y como ocurrían con pueblos pequeños y débiles. Estas prácticas no fueron legalmente aceptadas y estaban mal vistas, sin embargo, nunca fueron prohibidas ni tampoco perseguidas.

A menor escala, otra forma de obtener esclavos fue el incremento de la población esclava, mediante su crecimiento natural. Cuando una pareja de esclavos tenía hijos fruto de una relación estable (contubernia). Este modo, al principio humilde, cobrará importancia en el Imperio Tardío. En épocas anteriores salía mucho más barato comprar un esclavo que criarlo. Sin embargo, posteriormente esto fue igual de valioso que cuando se multiplica un rebaño.

De igual manera, los esclavos adultos, criados en el seno de una misma familia eran los más valiosos. Ya estaban aclimatados a su destino, por lo que era más difícil que enfermasen. Además suponían la ventaja de haber crecido en una casa, lo que suponía un mejor rendimiento y un mayor afecto hacia los miembros de la familia. Al mismo tiempo, los amos depositaban una mayor confianza en ellos. Precisamente, vernae era el nombre que recibían los esclavos cuando seguían perteneciendo a su primer dueño. (Los más frikis no podemos evitar acordarnos de Posca y César)

Comprar un esclavo

La venta se efectuaba en subastas públicas, siempre supervisadas por un edil. Estos fijaban el lugar, las normas y toda su regulación. Sobre los esclavos importados  había un impuesto extra.

El esclavo a la venta era sometido a un blanqueamiento de tiza en los pies y cuando llegaba el momento de pujar por él, se le subía a una plataforma. En el cuello llevaba el titulus, un cartel en el cual se escribía su edad, procedencia, aptitudes, pero sobre todo sus defectos. Los más comunes eran la epilepsia, la tendencia al robo o tal vez al suicidio. Si el vendedor no ponía en el cartel uno de estos defectos y luego el comprador reclamaba, el primero estaba obligado a recuperarlo en un plazo de seis meses y devolver el dinero al comprador. Si por el contrario el tratante no ofrecía ninguna garantía de nada, al esclavo le colocaban el pilleus, un sombrero el cual quería decir que el comprador asumía todos los riesgos.

“El mercado de esclavos” de Goustave Boulanger, óleo sobre lienzo, 1886, Colección privada

Pese a las garantías del titulus el comprador se cuidaba de examinar minuciosamente al esclavo que le interesaba. Eso incluía desnudarles, manoseo en público e inspección de orificios varios.

Además de estas subastas públicas tenían lugar otras de carácter privado. Esto se hacía cuando los esclavos tenían un valor poco habitual, como bellezas o voces inusuales. La mercancía sólo se mostraba a los posibles compradores.  Estas subastas privadas eran tan frecuentes como las públicas y no estaban mal vistas. Sin embargo las que sí tenían mala reputación era la venta de los mangones, aunque era muy lucrativa.

La venta de peor calaña era la que efectuaban los tratantes. Su reputación venía dada porque en su mayoría se vendían a esclavas exclusivamente para los fines más inmorales.

¿Cuál era el precio de un esclavo?

Ocurría como con otras mercancías, el precio de los esclavos variaba en función de muchos factores: la oferta y la demanda, sus aptitudes, características, las modas y sobre todo las exigencias del comprador. Según Johnston los esclavos que eran prisioneros de guerra apenas alcanzaban su precio nominal, puesto que su venta era forzada y gran parte de la mercancía podía perderse en el camino. Un largo viaje en el que podían morir por enfermedad, suicidio o fatiga.

Sólo he comenzado…

Hasta aquí todo lo referente a la trata y venta de los esclavos y su camino hasta la ciudad eterna. En el próximo artículo desarrollaré otros aspectos vinculados a la vida de los esclavos. Hablaré de los tipos de esclavos, de sus trabajos y las diferencias entre el esclavo de campo o el de ciudad, con el fin de arrojar algo de luz a este submundo que levantó el Imperio.

Bibliografía

Johnston, H. W. (2010), La vida en la antigua Roma, Madrid, Alianza.

 

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