Funus Imperatorum: los emperadores después de la muerte

Funus Imperatorum: los emperadores después de la muerte

Sí, lo sé. Soy una pesada con la Muerte y la religión romana. Sé que he escrito ya un par de artículos sobre ello,  Aunque ya hablé de los funerales y la Muerte en la Antigua Roma, la figura de los emperadores pasaba por otros procesos. Así que aquí os hago una breve introducción a lo que en otro tiempo fue terreno sagrado: el culto Imperial.

¿Qué es el culto imperial? Aquel en el que se veneraba al emperador y a su familia después de su muerte. Por tanto, se divinizaban. Pero no era una cuestión automática, sino que el Senado debía aprobar un decreto  dependiendo de los méritos y obras que el emperador había llevado a cabo en vida, la llamada consecratio. También se aplicaba a otros miembros de la familia imperial. Como explicaré en apartados sucesivos la culpa de este tipo de culto la tiene, casi toda, Augusto, aunque los sucesivos emperadores fueron aportando su granito de arena a la causa.

Si la consecratio era aprobada, entonces el emperador se le concedía la apotheosis, es decir, el proceso por el cual se convertiría en un dios. Pero, antes de eso tenía lugar el funus imperatorum.

Funus imperatorum, el funeral del Emperador

El funeral o funus del emperador no se diferenciaba demasiado del funus publicus, del que ya hablé en otra ocasión. Sin embargo, ha habido autores como Blázquez y Martínez Pinna, que han considerado el funus imperatorum como una ceremonia del triunfo final. De hecho Javier Arce en su libro, especificado más abajo, hace hincapié en las similitudes, pero sobre todo en las diferencias entre uno y otro.

Esta ceremonia funeraria tenía un carácter completamente teatral, ya que debía ser llevado a cabo para apelar a las emociones del pueblo romano. Paradójicamente, para estudiar los funerales imperiales es necesario acudir al funeral de Lucio Cornelio Sila. Esto es así, porque aunque este dictator vivió en época republicana, el funeral de César sigue este modelo, así como Augusto y toda su familia.

Busto de Lucio Cornelio Sila, Glypoteca de Munich

Puesto que Sila murió fuera de  Roma, por lo que se hizo necesario un cortejo que lo llevase a la capital. Este traslado tiene todas las características de un triunphus, así nos lo cuenta Apiano:

“[…], fue llevado en compañía de un cortejo, aquí en especial desmesurado. Eran portadas delante más de dos mil coronas de oro confeccionadas a toda prisa, reglaos de las ciudades, de las legiones que habían servido bajo su mando, de sus amigos particulares, y el resto de la riqueza de los dones enviados para el funeral no puede ser descrita. Por el temor al ejército congregado a su alrededor, escoltaban al cadáver todos los sacerdotes y sacerdotisas conjuntamente, diferenciados según sus propios colegios, el senado en pleno y los magistrados revestidos de los distintivos de sus cargos. En otro grupo seguían, en gran número, los miembros del orden ecuestre y, a su vez, todo el ejército que había servido a su mando; corrían a reunirse con premura, dándose prisa todos en tomar parte en el funeral, llevaban insignias doradas y armas plateadas que todavía hoy acostumbran a usar los cortejos. Era incontable la multitud de trompeteros que tocaban alternadamente aires lacrimosos y tristes.”[1]

Una vez que la procesión llegaba a Roma todo este orden cambiaba, situándose los músicos y trompeteros, después el féretro y las ofrendas. Tras el cuerpo les seguían todos los senadores, después los magistrados y, por último, todo el ordo ecuestre y el ejército con todas las señas y las armas. Resulta relevante el dato de que Apiano comente, que  para apaciguar ese temor al ejército entorno a los soldados se habían agrupado los colegios sacerdotales y las vestales. En la curia era dónde se producía la conclamatio, como ya explicamos era la acción de llamar al difunto por su nombre, para asegurarse de que estaba muerto. Después se colocaba el cuerpo en los rostra, tribuna del foro dónde los magistrados oraban, y se pronunciaba la oración fúnebre, laudatio funebris, hasta aquí todo normal, como en cualquier funus publicus.

La diferencia radica cuando el personaje público tiene imperium, es decir, potestad de índole militar. Era en el momento de la incineración, cuando los soldados a caballo, realizaban una danza ecuestre militar, en torno a la pira. Debía ser impresionante ver cómo este decursio equitum ocurría alrededor del fuego fúnebre, proyectándose miles de sombras por el Campo de Marte. En el caso de Sila, muchas sombras no habría, porque se realizó de día, contrariamente a las prácticas habituales, puesto que las ceremonias funerarias, al ser contaminantes se realizaban de noche.

Otro factor a tener en cuenta es la importancia de los funerales en la memoria histórica y en la importancia política. Cuando, por el contrario, un personaje público había tenido un comportamiento despótico, se decretaba la damnatio memoriae, también conocida como la “condena de la memoria”. Eso suponía eliminar el nombre del sujeto en cuestión, de cualquier lugar público y comenzaba con el hecho de negarle un funeral digno. Era frecuente que el cuerpo terminase en las cloacas o en el propio Tíber.

Ahora ya, metiéndonos en época imperial, puede decirse que el funus publicus y el funus imperatorum eran prácticamente lo mismo. Ambos estaban provistos de toda la pompa y el lujo. Dentro de los funerales imperiales hay varios aspectos reseñables. Uno de ellos eran los llamados mandata de funere, que no era otra cosa que las disposiciones que dejaba el difunto. Unas instrucciones sobre cómo quería que fuese su funeral. Frecuentemente en ellas, los emperadores desvelaban las intenciones de la factio política del futuro dios. Ejemplos de ellos son los de Sila, Mario (época republicana) y Augusto, que son los que se han conservado. Sin embargo y de forma indirecta, sabemos que Nerón había dejado dicho que su cuerpo sólo podía ser incinerado y no debía ser mutilado para nada. Otón por su parte, quería conservar su cabeza ligada al resto del cuerpo  y Claudio señaló paso a paso cómo quería que fuese su funeral, orden que fue aceptada por el Senado. Esto nos hace pensar en la importancia de la memoria dentro de la mentalidad romana.

Ya cuando en época imperial, el culto al emperador estaba extendido, en el momento de la incineración de los emperadores se producía la apotheosis. El difunto se colocaba en una pira, rogus, de cuatro pisos, que se cubría con tapices, marfiles y otros objetos, a modo de ofrenda. Mientras los soldados desfilaban en esa danza ecuestre, se producía el momento clave, la apotheosis, un águila volaba desde la cima del rogus hacia el cielo. Como es sabido el águila era el símbolo de Júpiter, pero también el de la victoria sobre la muerte y era quien llevaba el alma del difunto junto a los dioses. Después de esta pantomima, uno de los presentes, debía afirmar haber visto al emperador abandonar la pira y ascender a los cielos.

Muchos os preguntaréis ¿realmente creían eso? Digamos que era una verdad acordada, en la que participaban el pueblo y los gobernantes. No podemos olvidar las palabras de Vespasiano, según la obra de Suetonio, Vae, puto deus fio “Ay, creo que me estoy convirtiendo en un dios” Que no quiere decir que las dijese realmente, (todos sabemos que Suetonio es la prensa rosa de la Historia Antigua), pero ya es un diálogo jocoso, que deja entrever un tono poco serio sobre el tema.

Evolución del culto a lo largo del Imperio:

El artífice de toda esta maquinaria, que resultó ser el Imperio, no fue otro que Augusto, que no sólo se limitó a reformar todo el sistema de gobierno romano, sino que también hizo sus pinitos en la religión. A propósito de ello, convierte en divus a César, su padre adoptivo. Pero no todos los emperadores fueron divinizados, Tiberio rechazó la apoteosis de Germánico y también la de su madre Livia.

Busto de Augusto, Museo del Louvre

En estos primeros años del culto no hubo cambios circunstanciales, habrá que esperar a los Flavios, ya que durante su dinastía este culto se expande  fuera de Italia, contribuyendo a la consolidación del homogéneo sistema de administración y finanzas. Pero el gran paso lo daría Domiciano, con la erección del templo de la gens Flavia, el Templu Gentis Flaviae, en el 92 d.C.

Importante para el desarrollo del culto: No debemos olvidar que el que convierte en dios al emperador difunto es su sucesor. Por tanto, se deduce la importancia de la sucesión en esta práctica. Resumiendo, no esperes que te divinice el usurpador que te ha arrancado los ropajes púrpuras, porque posiblemente tu cuerpo acabe en el Tíber. Esto se ve en el caso de los Antoninos, desde Trajano hasta Marco Aurelio hubo una sucesión, mediatizada a través de la adopción. Además los Antoninos reforzarán esta idea de la domus divina, convirtiendo en diosas a las mujeres de la casa imperial, como será el caso de Faustina la Mayor, esposa de Antonino Pío. Commodo ya es el acabose porque además elige a Hércules como compañero y en los retratos oficiales aparecerá continuamente representado con sus atributos.

Entre Antonino Pío y Septimio Severo, que no olvidemos que se autoadopta dentro de la dinastía precedente. Este último reforzará el carácter divino de la función imperial. Es en estos momentos cuando el arte representará al emperador como un dios viviente. Septimio Severo aparecerá con las facciones de Júpiter, mientras que Julia Domna, su esposa, pasará a ser identificada con Juno. Caracalla será el último en recibir los honores de divus, ya que en estos momentos el culto imperial comenzará a entrar en un estado latente y poco a poco se irá diluyendo, más aún con la aparición de las religiones salvíficas.

Busto de Septimio Severo, Museos Capitolinos, Roma
Busto de Julia Domna, Museo de Bellas Artes de Lyon

Características del culto

Para el desarrollo de este apartado, hay que tener en cuenta la escasez de documentación, tanto epigráfica y arqueológica en ciertas provincias y la abundancia en otras. Es por ello que se trata de una información muy irregular. Sin embargo, por otras vías, se sabe que el culto imperial fue una elección libre de cada lugar. Se podía establecer dicha institución o, por el contrario, no hacerlo, es por ello que se piensa que fue una implantación desigual en todo el Imperio. Hay constancia del desarrollo de estas prácticas a nivel provincial y también municipal, como sería el caso de las ciudades.[2]

Tanto para el caso provincial, como para el municipal hay que hablar del flaminado. Para un hombre de provincias el llegar a flamen y, por tanto, participar en el culto imperial, era tal vez el máximo honor con el que podían soñar. Dicho cargo, de carácter sacro, era elegido, durante una asamblea anual. El candidato al puesto, solía ser alguien natural de la zona, que hubiese desempeñado diversas magistraturas públicas y por supuesto, no es necesario decirlo, debía poseer la ciudadanía romana. Entre las funciones que el flamen ocupaba, cabe destacar la de presidir fiestas y ceremonias en honor a los divi. Dichas ceremonias solían desarrollarse al calor de sacrificios de toros, ante el ara provincial o federal, tras los cuales se iniciaban una serie de juegos, espectáculos y banquetes. Dicho culto era un excelente momento para recordar las necesidades y problemas de la provincia al emperador o al gobernador. Además, el desempeño de tan sacro cargo entrañaba una serie de ventajas como el acceso, tras el flaminado, al ordo ecuestre, práctica que fue frecuente, en estos casos. De hecho, los flamines gozaban de un elevado prestigio social, solían ser descendientes de jefes indígenas locales, que en un determinado momento obtuvieron la ciudadanía romana. Muchas veces son duunviros quinquenales que son elegidos, por los decuriones de la ciudad, para desempeñar dicho cargo durante un año. Por tanto el flaminado duraba un año.

Flamen, 250-260 d.C. Museo del Louvre

En el caso de lo que ocurría en el terreno municipal, gracias a la epigrafía se sabe que había unos sacerdotes, a los que también denominados flamen, seguidos del nombre del divus o bien de la ciudad. También se han encontrado casos, en los cuales aparecen denominados como sacerdos o también pontifex, pero son hallazgos más extraños. También se encuentra su correspondiente femenino, la flaminica¸ la sacerdotisa que se encargaba de velar por el culto de las mujeres de la casa imperial. Tal y como dice Blázquez y Martínez-Pinna, existe una diferencia sustancial en cuanto si al nombre del flamen sigue el nombre de la ciudad o bien el de un divus. En el primer caso, cabe afirmar que sería un sacerdote destinado al culto imperial en general. Sin embargo, si flamen aparecía seguido del nombre de algún emperador divinizado sería el encargado de un culto exclusivo de dicho emperador. Pese a que sostienen que esto es muy raro, ya que la mayoría de las ciudades no podrían mantener un sacerdote por emperador divinizado, si se han encontrado emperadores exclusivos de Vespasiano o Trajano.[3]

Las Hispanias, son unas de las provincias que más información conservan relativas al culto imperial. Se sabe de la presencia de flamines de época de Tiberio y Vespasiano. La Narbonense también tuvo un fuerte arraigo de estas prácticas religiosas. Se piensa que el culto imperial fue materia de las ciudades y provincias que habían sido más romanizadas y tenían un carácter más urbano.

Por tanto el flaminado, como antes se ha adelantado, otorgaba ciertos privilegios de carácter social, que permitían cierta movilidad y posibilidades de ascenso en la sociedad. Era fácil pasar del flaminado al ordo ecuestre. Pese a la anualidad del cargo, había casos en los que el sacerdote podía ostentar el título de flamen perpetus, lo que le permitía mantener sus privilegios.

Otra figura ligada al culto imperial son los augustalis, bajo cuyo término hay unos cuarenta títulos, entre los que destacan los seviri augustales y los augustales, dependiendo de la zona del Imperio, se observan más unos que otros. Los seviri augustales, eran un órgano colegiado, cuyos miembros, contaban un total de seis. Dicho cargo también tenía una durabilidad anual, pero había una condición inherente: se debía ser mayor de 25 años para entrar en este collegium. Tenían la obligación, en el momento de su ingreso, de otorgar una notable suma de dinero, summa honoraria, que iba destinada a las arcas municipales. Además también debían hacer determinados gastos. Es por ello, que Blázquez los compara con los decuriones. [4] De los seviri se sabe bastante, como por ejemplo que eran libertos, que disfrutaban de una solvencia, tal como la de los decuriones, sin embargo no podían acceder a dicho cargo, por su condición social. A diferencia de los flámines, los seviri no necesitaban ser originarios de la ciudad en la que desempeñaban su función. Algunas fuentes apuntan a que eran un grupo social intermedio entre la plebe y los decuriones. Será en el siglo II d.C. cuando los seviri augustales reestructurarán el collegium conforme a otras corporaciones profesionales, persiguiendo esa eterna lucha por el reconocimiento del mando municipal.

El caso de los augustales se conoce menos. Hay diferencias de opiniones entre los que han estudiado el tema. Existe la hipótesis de que se trataba de una asociación de carácter vitalicio, pero otras voces habla de otro collegium de carácter anual, el cual no sería muy diferente de lo seviri augustales. Ni siquiera se saben las funciones de estos personajes, dentro de las prácticas religiosas del culto imperial, pero sí que se sabe que al menos en una primera etapa, estuvieron vinculados al culto del genius o al numen Augusti. [5] Lo que sí parece plausible es que intervinieran en las prácticas ejercidas por los flámines locales.

Tras haber visto las principales figuras, hay que señalar que el culto imperial fue decayendo, de mano de las élites urbanas, que eran las que financiaban estas prácticas, sobre todo a finales del siglo II d.C. con un empobrecimiento general de la sociedad. Pese a que la institución sobrevivió oficialmente, las manifestaciones de pietas hacia el emperador, eran cada vez más escasas. Con este empobrecimiento, no resulta extraño que los seviri augustales rehuyeran cada vez más esas cargas económicas litúrgicas, más aún con las crisis del siglo III y las incursiones de los pueblos bárbaros.

Divae: la apotheosis de las emperatrices

La divinización imperial, como ya se ha dicho, no afectaba únicamente al emperador, sino que se extendía a la familia imperial. En este sentido el papel de las emperatrices, fue destacado desde los comienzos del culto, como fue el caso de Livia, esposa de Augusto y la primera de las Augustae. El papel de las emperatrices, como objeto de adoración dentro del culto, hizo posible que muchas mujeres del Imperio accedieran al poder religioso.

Livia Sedente, Museo Arqueológico Nacional

En vida, Livia hizo lo posible por vincularse al ámbito religioso portando el velo sobre su cabeza en sus frecuentes apariciones. Sabemos gracias a Casio Dión que recibió la sacrosanctitas, junto con Octavia, en el año 35 a.C. y que gracias a ello se presentó como una nueva Cibeles, en diferentes esculturas de las provincias orientales. Sin embargo, en el caso de occidente la cosa sería distinta, ya que el culto a las emperatrices no se expandiría de forma rápida, sino que habría que esperar a época de Calígula y Claudio en la que parecieron consolidarse estas prácticas. Será Claudio el que haga vincular la apoteosis de Augusto a la persona de Livia, otorgándole la condición de diva.

Tiempo antes, con Calígula, fue el Senado el que tomó la iniciativa de acuñar moneda con las efigies de las hermanas del emperador, Agripina, Drusila y Julia. Estas efigies fueron representadas con el modelo con el que aparecía Livia, además de otros atributos de diversas divinidades, como cuernos de la abundancia, el timón de la Diosa Fortuna. Este caso es reseñable puesto que es la primera vez que, mujeres de la familia imperial aparecen en público, representadas como diosas. Será Drusila, que muere en el 38 d.C. la primera en recibir la apoteosis. Esta práctica, que se extendió posteriormente, fue objeto de escepticismo en la sociedad romana, ya no solo en el caso de Drusila, sino para la consecratio de otras mujeres. Séneca en su Apocolocynthosis dejará huella de ello.

Con los Flavios la casa imperial pasará a ser la domus divina, la esposa de Vespasiano, Flavia Domitilla, debido a su prematura muerte, antes de que su marido accediera al trono, no recibió el culto, pero su hija Domitilla sí recibió la apotheosis.

En el siglo II d.C. la divinización de las emperatrices, solo se observa en los ejemplos de las damas más importantes de la sociedad romana, es decir, del entorno próximo de algunos emperadores. Esto se cumple en el caso de Plotina, la mujer de Trajano, Marciana, su hermana; Sabina, la mujer de Adriano y el caso de las mujeres de Antonino Pío y Marco Aurelio, las dos Faustinas.

Busto de Faustina la Menor, esposa de Marco Aurelio.

Respecto a la práctica en sí de la apotheosis de las divae, no tuvo el mismo significado que la de los emperadores. Además asistimos a una iconografía algo diferente. Mientras que el alma del difunto era transportada junto a los dioses por el águila de Júpiter, en el caso de las mujeres fue el pavo real, animal predilecto de Juno, el encargado de hacerlo. Es por ello que en las monedas aparece frecuentemente representado junto a las divae. Respecto a tener un carácter diferente a la apotheosis masculina, esto es así porque en el caso de los emperadores era una decisión que el Senado de Roma tomaba en virtud de los logros conseguidos por el emperador en cuestión. En el caso de las mujeres, el examen giraba en torno a las prácticas en vida de la pietas, la fidelidad como esposa y en general su comportamiento moral.

Concluyendo…

En un periodo en el que las usurpaciones formaban parte del orden natural de las cosas, no era extraño que se buscasen distintas fuentes de legitimación y el patrocinio de los emperadores era una más.

En definitiva el culto imperial romano supone ante todo un intento de estabilizar esa amalgama de variedades culturales y paliar todos los conflictos internos y externos que acaecían al Imperio Romano. De la mano de Augusto se consiguió atraer una fe algo más verdadera que hizo participar a mucha más gente que en otros cultos tradicionales.

Al mismo tiempo, constituía una fuerte herramienta de promoción política y legitimidad dinástica, que los diversos emperadores utilizaron siempre que tuvieron ocasión. En ese mundo difícil, en el que se desarrollaba la vida de los romanos, parecía verse un rayo de esperanza, en las construcciones imperiales monumentales, los espacios de ocio, complejos termales, circos, teatros y anfiteatros, estrechamente vinculados a otros elementos religiosos que proclamaban la divinidad del emperador, como elemento legitimador del poder político.

No hay que olvidar que el propio culto dio lugar a métodos nuevos de promoción social, que permitían cierta movilidad a los individuos que desempeñaban dichas funciones, como los flamines o los augustales.

Sin embargo, este culto, dentro de la religión pública romana, tuvo fecha de caducidad. Tal y como Bayet[6] dice, Augusto había conseguido lograr, con estas prácticas, concentrar a una gran mayoría de fieles, pero, el ansia de fe personal y el auge de las religiones salvíficas en el panorama bajoimperial, harían que el culto al emperador fuese decayendo, hasta el florecer indiscutible del cristianismo en el siglo IV.

Relieve de la base de la Columna de Antonino Pío. Representa la apoteosis del emperador y de su esposa, Faustina la Mayor

[1] Ap.  BC, I, 106.

[2] Blázquez, pág. 563.

[3] Ibíd., pág. 563.

[4] Ibíd., pág. 564.

[5] Blázquez, pág. 565.

[6] Bayet, pág. 206.

Bibliografía

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2 Replies on “Funus Imperatorum: los emperadores después de la muerte

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