Correspondencia en la Antigua Roma

Correspondencia en la Antigua Roma

Los envíos ¿No irás por casualidad a Apamea?

A la hora de escribir sobre Roma o simplemente estudiando cualquiera de sus épocas, campañas militares, historia económica y política, una de las cosas que siempre me he preguntado es el cómo volaban las noticias de un lugar a otro del Imperio. Así que creo que merece la pena, realizar una pequeña entrada al respecto.

El apóstol San Pablo. La frase reza «sedet hic scripsit» (se sienta aquí y escribe)

 

Muchos diréis: “con el cursus publicus, claro. Sí, eso está muy bien, ya que era el sistema de correspondencia oficial que instauró Augusto en su época. Sin embargo, era un sistema utilizado por la maquinaria de la burocracia imperial. Se utilizaba para el envío de mensajes de autoridades a otros cargos, así como para enviar las cargas tributarias de las provincias a Roma. Pero (siempre hay un pero), ¿qué ocurría con los particulares?

Calzada romana.

Debemos partir de la base, de que enviar una carta a larga distancia, especialmente por mar, era una tarea muy costosa, económicamente hablando, por lo que no era normal enviar expresamente una carta por esta vía. Lo habitual es que la gente hablase con comerciantes o viajeros que precisamente fuesen al lugar de destino donde se tuviera que entregar la carta.

A su vez, aquella persona que fuese a emprender un viaje, consideraba un honor decírselo a sus amigos, por si ellos necesitaban enviar una carta al destino del viajero. Lo mismo ocurría en el caso de los desconocidos, que también podían solicitar el transporte de misivas a un particular.

Ni los caminos ni los mares eran seguros, por lo que no era de extrañar que las cartas se extraviasen o cayesen en manos poco convenientes. Por eso no tenían que velar únicamente por la redacción de la carta, sino también por la redacción de una copia o resumen de la original, que debía ser enviado por otro emisario y a poder ser, por otra ruta.

Aquí entrarían también todos los temas de los mensajes encriptados, con nombres inventados, etc. Sin ir más lejos, César, según sabemos por Suetonio[1], cambiaba cada letra del mensaje, por la que ocupaba tres lugares después de la  misma. Ejemplo: Si tenía que escribir una A, ponía la D, si era la C, ponía la F. Era simple, pero funcionaba, aunque es cierto que había otras formas mucho más complicadas.

¿Quién es el guapo que escribe?

Un ciudadano de a pie, a lo mejor no necesitaba enviar una carta en su vida. El analfabetismo era abundante y si necesitabas escribir una carta sin saber hacerlo, no era extraño pedírselo a alguien bien como un favor o bien pagando. Si el ciudadano corriente sabía escribir, bien podía redactar su carta él mismo, sin embargo, un romano de importancia tendría multitud de correspondencia que escribir por lo que era habitual que delegase en otros. Para ello estaban los esclavos y libertos que habían que tenían con frecuencia una abundante cultura y educación. Mientras que el domine escribía solo las misivas destinadas a sus más allegados. Estos esclavos o libertos, recibían el nombre de librarii o también y más preciso servi ad epistulis, servi a manu  o amanuenses.

Soportes y herramientas escriptorias

Tablillas de cera de distintos tamaños

Las notas simples o cartas cortas se escribían sobre las tabellae, tablillas de madera de abeto o marfil, que podían ser de diferentes tamaños y que solían estar unidas entre sí con bisagras de alambres. Entonces recibían el nombre de codicilli pugillares. Las caras interiores de estos artefactos formaban un hueco que se cubría con cera. Era en esta superficie donde se escribía. Para ello se utilizaban un instrumento de marfil, hueso o metal (stilus, graphium), terminado en punta, la cual se utilizaba para rallar la cera y formar el mensaje, mientras que el otro extremo terminaba en forma de espátula, para poder borrar lo escrito, bien por errores o para reutilizar la tablilla por completo. Estas tablillas eran utilizadas tanto para correspondencia, como para ejercicios escolares.

El fresco de Pompeya, que supuestamente representa a Safo, la muestra con un stilus apoyado en la boca y una tablilla de cera en la otra mano.

Esto en cuanto a las cartas de breve extensión, ¿qué ocurría con las más largas? Llegado el caso de escribir mensajes largos, los romanos utilizaban el papyrus, soporte de origen egipcio y compuesto de fibras de esta planta, entrelazadas entre sí, prensadas y con la superficie raspada y pulida para recibir la escritura. La tinta y la pluma solían ser de mala calidad, la primera estaba hecha con junco, mientras que la tinta era hollín mezclado con gomas resinosas. El papiro era muy caro y siempre se prefería la utilización de las tablillas, ya que podían volver a usarse. En cuanto al pergamino (me gustaría hablar más de soportes en un post dedicado exclusivamente a ello) sólo se utilizó de forma general a partir del siglo IV d.C.

¿Quién osa abrir mis cartas?

Como ya he comentado, la seguridad no era el fuerte de los caminos y las calzadas, por ello si la carta llegaba a buen puerto, tenía que tener una garantía de que el mensaje no había sido leído. Para ello estaba el sistema de sellado y apertura de cartas. Para sellarlas era necesario el linum, el hilo, la cera y el signum, sello. Este último garantizaba que la carta no había sido abierta por una persona ajena, además de aportar la autenticidad de los librarii. Por otra parte, las firmas autógrafas eran prácticamente inexistentes.

Tablilla de cera contemporánea, con varios estiletes y las improntas de los sellos en la parte izquierda.

En el caso de las tablillas, para su correcto sellado se ataban los hilos por los orificios situados en los bordes y cuando se realizaba el nudo, se vertía la cera sobre él y se estampaba el signum. Las schedae , o cartas escritas en hojas de papiro, se enrollaban longitudinalmente y se sellaban con el mismo procedimiento. En el exterior se escribía el nombre del destinatario y en ocasiones la dirección, en caso de que el mensajero no fuese un conocido, sino alguien externo contratado.

Apertura

Si la epístola había llegado a buen puerto, se ponía buen cuidado en no romper el sello al abrirla. Para leer el contenido, se cortaba el hilo que la mantenía cerrada. Si la carta iba  a ser conservada el signum se guardaba con ella, para asegurar su autenticidad.

A propósito de esto último, me gustaría terminar esta entrada, con este fragmento, perteneciente al capítulo quinto de la Tercera Catilinaria de Cicerón, en el que se muestra la importancia de las cartas, así como la ceremonia de apertura de la misma.

«Cicerón denuncia a Catilina» Cesare Maccari, 1889, Palazzo Madama (Turín)

[…] Hago presentar a los conjurados las cartas que se les atribuyen. El primero a quien enseño su sello es Cetego, que lo reconoce. Corto el hilo y abro la carta. Escribía de su puño y letra al Senado y al pueblo de los alóbroges, asegurándoles que cumpliría lo que a sus legados había prometido y rogándoles hicieran ellos lo que éstos ofrecían. Cetego, que había explicado la captura en su casa de gran número de espadas y puñales diciendo que siempre fue adicionado a buenas armas, a la lectura de su carta quedó aterrado y confundido, y el testimonio de su propia conciencia le hizo enmudecer. […] Entonces se le enseña la suya a Léntulo y le pido reconozca su sello, como lo hizo. <<En efecto –le dije-, este sello es fácil de reconocer, porque contiene la imagen de tu abuelo, varón insigne que sólo amó a su patria y a sus conciudadanos; aunque muda, debió apartarte esta imagen de tanta maldad.>> […] He aquí, pues, ciudadanos, las pruebas ciertísimas y los testimonios irrecusables del crimen: cartas, sellos, letra y la confesión de cada uno de los culpados; […] [2]

Bibliografía

Harold W. Johnston, La vida en la antigua Roma, Madrid: Alianza Editorial, 2010.

Suetonio, Los doce césares, Barcelona: Ediciones Orbis, 1985.

Marco Tulio Cicerón, Catilinarias, Edición Pere J. Quetglas.

[1] Suetonio, Los doce césares, Barcelona: Ediciones Orbis, 1985, págs. 14-58.

[2] Marco Tulio Cicerón, Catilinarias, Edición Pere J. Quetglas, págs. 48-50.

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