Aquam

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El agua en Roma

Hablar de cultura romana implica hablar de agua. Tal vez, cuando reflexionamos sobre ello y comenzamos a divagar por las ruinas romanas, lo que primero nos venga a la cabeza sean las termas y los grandes acueductos. No vamos desencaminados. Los romanos con frecuencia han sido considerados como los grandes arquitectos e ingenieros de la Antigüedad y no faltan motivos, para ello.

Reconstrucción ideal de las termas de Caracalla

Ahora bien, no debemos limitar nuestras reflexiones a los aspectos formales de las construcciones hidráulicas, ya que todo lo que implicaba el agua, pasaba por lo económico, pero sobre todo por lo social. El agua está tan ligada a la cultura romana, que con la expansión y la implantación de las estructuras acuíferas, también se consolidaron unas formas de vida, ligadas a la explotación de las aguas, así como nuevos hábitos de higiene. Que no quiero decir con ello, que antes de la ocupación romana la gente no se lavase, (como diría mi anacrónico hermano “Mira que fue larga la Edad Media y más de alguno no vio una pastilla de jabón.”), simplemente quiero decir que la higiene es bien distinta cuando hay agua corriente.

Como sobran motivos para hablar del agua y más en estos días, que los ríos invaden los campos, como un día los romanos ocuparon el Mediterráneo, en este post, voy a hacer un barrido sobre las principales formas de obras hidráulicas del Imperio, haciendo hincapié en los espacios de ocio acuáticos, es decir, las termas.

Tengo que fundar una nueva ciudad. ¿De dónde saco el agua?

En la antigüedad,tanto en Grecia como Roma era muy común librarse de la gente molesta, mandándola a fundar colonias. –¿Qué hago con estos legionarios, que ahora mismo no tienen faena y  no hacen más que beber y ponerme el Aventino patas arriba? Bueno, pues les concedo unos buenos lotes de tierra, quedo como un señor y así estos espabilan y me dejan en paz. Llegaban los legionarios al nuevo emplazamiento una de las primeras preocupaciones que tenían, si no la primera, era el abastecimiento de agua.

Gracias al descubrimiento de Pompeya, y poniéndome seria de nuevo, se han podido estudiar estas formas de suministro. Lo más común era utilizar alguna fuente fluvial, en el caso de disponer de una cercana, tal y como hicieron los pompeyanos en los primeros años. A partir del siglo VI a.C. ya comenzaron a dotar a las viviendas de cisternas, que podían almacenar el agua de lluvia de los tejados, para lo que posteriormente, en el siglo III a.C. aparecerían en los atrios el impluvium con su correspondiente compluvium. Los edificios públicos también fueron dotados de cisternas, para su aprovisionamiento. ¿Qué ocurría en las estaciones secas? Pues que había ya una necesidad de buscar una capa freática y excavar pozos, para poder extraer el líquido vital, lo que ocurrió en la segunda mitad del siglo VI a.C.

¿Qué ocurre con el agua necesaria para las tareas domésticas, agrícolas y artesanales? Para esta cantidad ingente, necesitaban traer el agua de otros sitios, por lo que se construyeron los primeros acueductos.

El agua en las casas

Para recoger el agua de lluvia, las domus tenían sus propios sistemas. El tejado, inclinado para que el agua corriese, terminaba en un compluvium, abertura en el techo que daba al impluvium, una balsa, que además de una función ornamental servía para decantar el agua y dejar allí las impurezas del tejado. Dentro del impluvium y ligeramente por encima del fondo, había un orificio que conducía el agua a la cisterna, excavada bajo el atrium. Por otra parte, en el peristilo el desagüe constaba de una pendiente que llevaba el agua a un barreño de decantación, que a su vez por otro conducto llegaba a la cisterna. En ambos casos había un orificio de extracción, el llamado brocal o puteal, (riánse los de humor básico). El agua recogida de esta forma, no era agua de boca, era para otros fines domésticos.

Atrio de una domus, con el impluvium y el compluvium

 

 

 

 

 

Reconstrucción de una domus de Juliobriga

 

 

Para beber, se seguían utilizando las fuentes, sobre todo cuando brotaban de algún recoveco natural. Algo que sin duda fue atribuido a las ninfas, por lo que estuvieron directamente relacionados con prácticas rituales y de ahí la aparición de los ninfeos.

¡Qué corra el agua!

Venga sí, lo reconozco. Los griegos fueron los primeros constructores de acueductos y había verdaderas bestialidades como el acueducto de Pérgamo, que tiene un pedazo de sifón de 190 metros de flecha. Vale sí, no les quitemos mérito, pero a finales del reinado de Éumenes II ya había dos acueductos que se encargaban del aprovisionamiento de la ciudad de Roma: el Aqua Appia del 312 a.C. construido por el cónsul Appius Claudius  y el Anio Vetus,  en el 272 a.C. Pero estas obras aún no eran como los acueductos que tenemos en mente, tendrían que pasar algunos años, concretamente hasta el 144 a.C. con la construcción del Aqua Marcia, una iniciativa del pretor Marcius Rex. Se trataba del primer acueducto, sustentado por arcos.

Aqua Claudia 38-52 d.C.

Sabemos de la existencia de once acueductos de la ciudad de Roma, aquí os dejo el listado, extraído del libro La construcción romana: materiales y técnicas de Jean-Pierre Adam, que es de obligatoria lectura para todos aquellos que os interese el tema:

  • Aqua Appia, 312 a.C.
  • Anio Vetus, 272 a.C.
  • Aqua Marcia, 144 a.C.
  • Aqua Tepula, 125 a.C.
  • Aqua Iulia, 33 a.C.
  • Aqua Virgo, 19 a.C.
  • Aqua Alsietina, 2 a.C.
  • Aqua Claudia, 38-52 d.C.
  • Anio Novus, 38 al 52
  • Aqua Traiana. 109 d.C.
  • Aqua Alexandriana, 206 d.C:

Las distancias que recorrían estas impresionantes obras de ingeniería variaban en función del espacio entre el caput aquae (lugar de captación) y la ciudad destinada. Tenemos acueductos de todas las medidas, desde el de Antioquía que recorrían tan solo 6 kilómetros, hasta el de Cartago, que recorría 132 kilómetros. Construir un acueducto era un auténtico quebradero de cabeza, que implicaba salvar los accidentes del relieve pero, al mismo tiempo, cuidar de que el agua no tuviera descansos, en los que pudiera estancarse (aparece la porquería), pero tampoco demasiada pendiente que implicase una rápida erosión del revoque estanco del canal. Para evitar esto último, los ingenieros creaban pequeñas cascadas, entre dos depósitos.

Otro factor fundamental a tener en cuenta, dentro de los acueductos, era su capacidad diaria, ya que además de las necesidades domésticas básicas, también tenían que cubrir las artesanales. Eran  variables estas medidas, podían ir desde los 2.400 m3 de Lutecia a los 189.520 m3 del Anio Novus de Roma.

Esquema de sifones extraído del libro de Jean-Pierre Adam

Sin embargo, además de los acueductos, no debemos olvidar los sifones, que permitían salvar los obstáculos. Es muy fácil hacer bajar el agua, pero no es tan fácil hacerla subir. Bien es cierto, que si había un obstáculo, los romanos preferían salvarlo llevando el cauce del acueducto por otro camino. Pese a lo difícil y costoso del método, sí se construyeron unos cuantos sifones.Este es el caso de Lyon (Lugdunum), los constructores se enfrentaban al paso de un valle de 100 metros de profundidad y de 2,5 kilómetros de anchura. El funcionamiento es el siguiente: el agua discurre por el canal o specus del acueducto, compuesto por un conducto de mampostería y mortero e tejoleta, vierte el agua en un deposito situado en el inicio de la pendiente. De este depósito salen canalizaciones de plomo que bajan hasta un puente-sifón, situado en la parte más profunda de la depresión y vuelve a subir hasta otro depósito de salida.

La distribción del agua en la vrbs

Sabemos de ella gracias al tratado titulado De aquis urbis Romae de Sextius Iulius Frontinus (Frontino para los amigos), curator aquarum, escrito durante el gobierno de Nerva en el 97 d.C. Este tratado es de lo mejorcito, ya que permite saber acerca de los acueductos, los mantenimientos de fuentes y acueductos, pero tiene un inconveniente y es que sólo nos informa del traslado del agua, de la distribución en la ciudad, sólo tenemos información parcial, que ha llegado a nosotros a través del estudio de restos arqueológicos aislados.

Lo que sí sabemos es, que pese a todo el cuidado y empeño en la elección de la fuente y su traslado, el agua  podía seguir teniendo impurezas, por lo que se debían eliminar, antes de llegar a las canalizaciones de la ciudad. Para ello se instalaban una serie de filtros, rejillas y estanques de decantación en la llegada del acueducto o durante su recorrido.

Sin embargo, en algunas zonas y dependiendo de su clima, era necesario aprovisionar las ciudades con grandes cisternas, para poder prevenir una posible sequía. Dentro de estas construcciones podríamos hablar de tres categorías:

En primer lugar las salas de pilares o columnas, como la llamada “piscina Mirabilis!” de Misena. Era el último punto de almacenamiento de agua abastecido por el acueducto augusto, que precedía de Serino y abastecía  las ciudades de Pompeya y Nápoles, hasta llegar a Misena.

Piscina Mirabilis

En segundo lugar estarían las salas abovedadas, las más numerosas. Se trata de una galería de medio punto, entre las que destaca la de Domiciano en Albano, esta tendría 11 metros de ancho y 123 de largo. Esta construcción alimentaba a la residencia imperial y además a gran cantidad de ninfeos y fuentes que adornaban los jardines. En tercer lugar estarían las cámaras paralelas, que serían una variante de la anterior, pero que simplemente consistirían en una serie de galerías abovedadas paralelas, que se comunicaban. Este sistema se dio a las termas de Trajano, situadas en el Esquilino, conocidas hoy en día como “Sette Sale”. Se trataban de nueve galerías paralelas que comunicaban entre sí, mediante una serie de aberturas, que colocadas en disminución aumentan el efecto de la decantación.

Las canalizaciones más eficaces fueron las de plomo y a partir de época de Augusto experimentaron un estandarizado. Éstas eran enterradas a unos 60 centímetros bajo las aceras. Partían del depósito principal e iban a través de diversos depósitos secundarios, con la finalidad de ir apaciguando la fuerte presión ocasionada por el desnivel. Con este mismo fin se construye el castellum plumbeum, cuba de plomo en la que el agua perdía su presión antes de ser conducida a las casas.

Las fuentes públicas eran las que más cantidad de agua, procedente de la red urbana, recibían.  Las fuentes pompeyanas constan de un estanque rectangular, sobre la calzada. El agua llegaba gracias a un tubo de plomo, que subía por el interior de un guardacantón implantado en la acera. El estanque estaba recubierto de losas cerámicas. Tenían asimismo un agujero que hacía las funciones de desagüe.

Fuente de Pompeya

Formas de evacuación del agua

El agua tal como viene tiene que irse. Efectivamente, el agua que tanto esfuerzo costaba traer a las ciudades era necesario evacuarla después de su uso o bien cuando había un exceso de la misma.

Pompeya no tenía el sistema de alcantarillado que disponían las ciudades exnovo, sin embargo, que el agua manase de las fuentes incansablemente, día y noche, hacía posible que las sucias calles pompeyanas fueran saneadas. Al contrario de lo que ocurría en la ciudad del Vesubio, las ciudades con alcantarillado, tenían canalizaciones secundarias, que seguían el trazado de las calles e iban a parar a un gran colector principal, el que portaba el agua usada y la llevaba fuera de la ciudad.

Cloaca Máxima de Roma

Las Termas

Los baños públicos eran los grandes consumidores de agua, después o incluso antes que las fuentes romanas. Las prácticas de higiene personal se fueron extendiendo por el Imperio, como una continuación de las prácticas griegas. En la Hélade proliferaron estos baños, primeramente con agua fría, que se situaban junto a las palestras y que tenían finalidades terapéuticas.

El concepto de termas públicas se inaugura durante el periodo de la República, creándose el edificio, que hoy conocemos como Spa. A la idea griega se le añaden piscinas de aguas templadas y también calientes, así como otros elementos de pasatiempo, que desglosaré más adelante.

A favourite costume. Oléo sobre tabla de Lawrence Alma Tadema, 1909.

Dependencias de las termas:

Los romanos establecieron un canon regular que se siguió a lo largo de todo el Imperio. Así pues, aunque hubiese alguna variante, las estancias que no podían faltar en las termas eran las siguientes: el apodyterium (vestuario), frigidarium (piscina de agua fría), tepidarium (piscina de agua templada) y caldarium (piscina de agua caliente).

El apodyterium era el vestuario, estancia que contaba con taquillas, para dejar las pertenencias, las cuales podían ser custodiadas por los esclavos del cliente o bien por empleados de las propias termas, a cambio de un módico precio.

El frigidarium solía ser una amplia estancia abovedada y oscura, con diferentes formas según el sitio. Constaba de una o varias piscinas de agua fría y de varios tamaños. Solían ser profundas para que el usuario pudiera sumergirse del todo. En algunas se han encontrado escalones perimetrales, tanto para acceder, como para sentarse.

El caldarium era la estancia principal de las termas. Era un ambiente dedicado a las altas temperaturas. Contaba con grandes bañeras de agua caliente, pero también contaba con una serie de labrum, lavabos que expulsaban agua fría, para después del baño. ¡Ojito con las bajadas de tensión! Dentro de esta misma estancia había un recinto seco, el acca sudatio, que no era otra cosa que la sauna de toda la vida. También era posible encontrar el laconicum, o baño de vapor.

Caldarium, Termas del Foro de Pompeya

Entre ambas salas se encontraba el tepidarium, es decir, la sala de agua templada. Era una transición entre las dos anteriores, conseguía tener el agua tibia, explicaré más adelante los sistemas de calefacción. Sin embargo, esta sala no tenía la misma función en todas las termas, ya que en algunas se solían ungir a los clientes con aceites o, por el contrario, como apodyterium.

Estas eran las estancias básicas, pero luego había variantes que complementaban los usos del baño y llegaban desde el deporte hasta la lectura. Estancias de este tipo sería la palestra, un patio porticado, al aire libre, donde tenían lugar entrenamientos y ejercicios físicos. También podíamos encontrar piscinas a temperatura ambiente. Otros espacios serían el unctorium, donde se aplicaban aceites y se daban masajes, las tabernae para conseguir alimentos y por supuesto las latrinae, que todos sabemos qué tipo de agua llevaban.

Los sistemas de calefacción:

Ahora qué conocéis todas estas estancias os preguntaréis cómo podían calentar estos complejos. No era tarea fácil, pero se adoptaron soluciones ingeniosas con ese fin.

Para hablar de los sistemas de caldeo en las termas romanas, es necesario referirnos antes a los métodos que se usaban para generar calor en las viviendas particulares. Sabemos que en las casas de los primeros siglos sólo conocían un hogar único como método calefactor. Sin embargo, en el siglo IV o III a.C. apareció la cocina, que desplazó al primitivo hogar central a una estancia específica para esta función. Este hecho tendrá como principal consecuencia la búsqueda de otros mecanismos, que lograsen transmitir calor al resto de la casa. La medida inicial fue la utilización de braseros móviles de metal, que se alimentaban con brasas, si bien era una solución un tanto pobre en tanto a la producción real de calor, sin embargo, fue la utilizada por la gran mayoría de la población.

Este mismo sistema fue expandido a otros espacios de la vida pública, tal como ocurrió en las termas. En éstas se encontraban braseros de mayores dimensiones destinados a calentar unas salas notoriamente más grandes. Cabe destacar un enorme brasero encontrado en las termas de Pompeya, el cual fue donado al establecimiento por un tal M. Nigidius Vaccula, tal y como reza una inscripción en el propio brasero.

Brasero de las termas del Foro de Pompeya, donado por Nigidius Vaccula

Sin embargo, no podemos hablar de un verdadero sistema de calefacción hasta la revolución que supuso el hipocausto, la calefacción interior, que llegó a mediados del siglo II o principios del I a.C. Los estudios para este tipo de instalaciones se han basado tradicionalmente en las termas Estabianas o Stabies de Pompeya, ya que constituyen un magnífico ejemplo por su buen estado de conservación. Este establecimiento edificado en el siglo II a.C. poseía unas instalaciones primitivas de caldeo que fueron equipadas con hipocaustos para poder calentar el tepidarium y el caldarium. Estos sistemas primitivos se constituían por una hoguera, cuyo calor se transmitía mediante un conducto o un tabique. El hipocausto eliminaba los gases tóxicos y el molesto humo, que era un auténtico problema. Además de eso, el calor que emanaba era más sano ya que era un calor seco.

El sistema de hypocausis o hipocausto estaba formado en primer lugar por un hogar (praefurnium), que se disponía en el sótano de una estancia ventilada, con espacio suficiente para cobijar las reservas de carburante, que solía ser carbón vegetal. Esta hoguera se efectuaba en una abertura de la pared, con un tiro de ventilación y algún tipo de zona de retirada de cenizas. En los establecimientos de mayor tamaño, este tipo de estancias se encontraban en la parte posterior del edificio.

Hipocausto de la Villa Romana de la Olmeda (Palencia)

Por otra parte, la energía calorífica que emanaba el praefurnium se expandía por todo el sótano y posteriormente era evacuada por unos conductos verticales. Esta estructura no se limitaba únicamente a la transmisión del calor por las paredes para calentar la estancia, sino que también debía calentar las piscinas con el agua caliente. Para ello, la estancia tenía un suelo colgante denominado suspensura, que se apoyaba sobre un número elevado de piletas, construidas habitualmente por ladrillo, que comienza a estandarizarse, en cuanto a dimensiones, aunque también se han encontrado piletas de piedra al suroeste de la Galia. Entre este suelo colgante y las piletas descansaban varias capas de ladrillo y encima de estas había una capa de hormigón sobre la que apoyaba el mortero destinado a acoger el mosaico o un enlosado.

El aire y el humo que se expulsaba se aprovechaba para calentar otras estancias por medio de las paredes, para ello se diseñaron los tubuli, unas canalizaciones de cerámica que se fijaban a la pared con mortero y grapas metálicas, lo que evitaba que el humo se dispersara por las estancias.

Hábitos de higiene

Antes del último siglo de la República, la cuestión del baño diario era un asunto relacionado con la decencia y la salud. Diariamente las personas se lavaban brazos y piernas, mientras que el resto del cuerpo era atendido una vez por semana en un baño rudimentario cercano a la cocina de la vivienda, y que aprovechaba el agua del horno.

En el último siglo de la República todo esto cambia y el baño comienza a ser una costumbre muy importante. Ya no se hacía dentro del ámbito doméstico, sino que se frecuentaban edificios públicos específicos para ello: las termas. Estos establecimientos tenían todo tipo de instalaciones como piscinas de varias profundidades y temperaturas, salas de duchas y masajes, palestra o biblioteca. Incluso en los Baños Estabianos de Pompeya se ha documentado una bolera.

El horario habitual en el que la población solía acudir a los baños rondaba sobre las ocho o las nueve de la noche, por lo que podía transcurrir en las horas previas a la cena. Es por este motivo que las termas solían estar abiertas durante el día, hasta el anochecer e incluso parte de la noche, ya en época imperial. Esta información nos la aporta las numerosas lámparas encontradas en las termas pompeyanas. El precio por el uso de estos establecimientos solía rondar un quadrans, la cuarta parte de un as, aunque fue frecuente la eliminación de esta cuota por algunos ediles que querían ganar popularidad. El caso más relevante lo encontramos de mano de Agripa, que desempeñando su edilato construyó 170 estancias nuevas de baño cuya entrada fue gratuita durante al menos un año. A su muerte legó al pueblo romano sus propias termas privadas.

Mediante el estudio de la distribución de los diferentes baños por todo el imperio se ha llegado a una especie de supuesto recorrido, que los clientes de las termas seguían durante su estancia. En primer lugar, el cliente pasaba por el apodyterium (ἀποδυτήριον), en el que se desnudaba y dejaba sus ropas. Seguidamente el bañista entraba en el tepidarium, donde solía tener lugar la exfoliación en seco (destringere), a partir de ese momento se dirigía hacia el caldarium, donde tomaba un baño caliente. Posteriormente podía dirigirse a la piscina del frigidarium donde solía terminar el baño. Tras esta fase de diversas inmersiones el cliente visitaba el uncotirum, donde podía bien frotarse o ser frotado con aceites. No siempre esto tenía lugar en esta estancia, sino que podía realizarse también en el tepidarium o entre los intervalos entre baño y baño. El cliente solía traer consigo un esclavo, encargado de sus pertenencias y los ampulla olearia, el strigilis o rascador, con el que se retiraba el aceite y el sudor de la piel, así como las lintea o toallas[3].

Réplicas de utensilios de aseo, expuestos en el Museo de las Termas de Caesaraugusta

Terminado el baño, se solían untar la piel y el cabello con distintos productos de toda índole, tanto perfumes como ungüentos. Eran muy valorados los bálsamos de origen oriental, que eran guardados en botellas de metales preciosos o piedra, siendo frecuente el alabastro. Habitual fue también el uso de diapasmata, es decir, polvos perfumados que se aplicaban sobre el cuerpo. Después del baño, una práctica habitual era el estiramiento de los diferentes miembros del cuerpo y éste se frotaba con esponjas y plumas de cisne.

La vida social en las termas

A partir del siglo II a.C. en las termas se realizaba una parte fundamental de la vida social de Roma. Para empezar, el mero hecho de la construcción de unas termas suponía una herramienta propagandística potentísima de las élites, pero sobre todo del Principado. Gracias a esta, los emperadores trataron de ganar en influencia social y forjarse una imagen de prínceps benefactor, así como una forma de “cercanía” hacia el pueblo.

Asimismo, en las provincias, las élites locales utilizaron esta misma metodología para promocionarse y al mismo tiempo aumentar el ottium típico romano, así como espacios de sociabilidad e intercambios tanto culturales como económicos. De esta forma las termas se convirtieron en centros sociales, a los que los romanos iban a cuidar de su higiene, pero principalmente por ocio y placer. Sin olvidar otras formas de ottium como era la lectura, la prostitución y los actos teatrales.

Además de ser un hervidero económico y social, las termas generaban abundantes puestos laborales, como ediles, arrendatarios, vendedores de comida y bebida, masajistas, alquiladores de toallas, masajes personales, doctores, etc. Por no hablar de la cantidad de esclavos necesarios para mantener el sitio en funcionamiento.

Concluyendo y dejando de ser una pesada

Es de sobra conocida la importancia del agua para el aprovisionamiento de cualquier tipo de población. Sin embargo, hablar del agua en Roma va más allá de un sistema de abastecimiento que cubra las necesidades básicas de la población. El uso del agua es el reflejo de toda una cultura de ingenieros, de costumbres, de formas de hacer política y todo un entramado económico y social. El sello de Roma está implícito dentro de toda esta cultura hidráulica, que recorre todas las provincias del Imperio y que han llegado hasta nuestros días.

Bibliografía

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Bowen Ward, R. (1992), “Women in Roman Baths”, The Harvard Theological Review, vol. 85- 2.

Carcopino, J. (2001), La vida cotidiana en Roma en el apogeo del Imperio, Madrid, Temas de hoy.

Furness, C. (2010), Baths and Bathing in the Roman World, Sydney, University of Sydney.

Guhl, E. y Koner, W. (1997), Los romanos su vida y costumbres, Madrid, M.E. Editores.

Guiral Pelegrín, C. y Zarzalejos Prieto, M. (2006), Arqueología II (Arqueología de Roma),Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia.

Johnston H. W. (2010), La vida en la antigua Roma, Madrid, Alianza.

Sánchez López E. y Gozalbes Cravioto, E (2012), “Los usos del agua en la Hispania romana” en Vínculos de Historia, núm. 1.

Tuero del Prado, C. E. (2012), “Las Termas Romanas, establecimientos precursores de los actuales  centros acuáticos de ocio” en Citius, Altius, Fortius, 6(1)-2012, pp.61-87.

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