Ottium vol.II, el ocio en Roma: El Anfiteatro

Ottium vol.II, el ocio en Roma: El Anfiteatro

Aquí aparezco de nuevo con esta segunda entrega del Ottium, dedicada al anfiteatro y es que… ¿A quién no le apetece una de gladiadores? Al ver la imagen de cabecera y el título, a pocos no se les pasará por la cabeza la mítica película. Sí, de escaso o ningún rigor histórico, pero emocionante donde las haya. ¡Es un puto peliculón! ¿Quién no se ha estremecido con la mítica frase de Máximo Décimo Meridio, comandante de las legiones Félix, leal servidor del emperador Marco Aurelio? ¿o quién no se ha levantado del sofá, rebosante de testosterona, viendo Roma y ha gritado:

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Siendo serios, es un tema atractivo para muchos, aunque menos gracia les hacía a aquellos hombres que terminaban sus vidas en la arena. Con este post trato de hacerles un pequeño homenaje a todos ellos.

El anfiteatro: pasen y vean

Los que leísteis el post del circo sabréis que me gusta hacer una mínima evolución histórica de los recintos públicos, para eso es un blog de historia, pero sin que me os durmáis en los laureles. ¡Badum tss! (por Júpiter, cuan graciosa me creo). ¡Juro que paro, que el tema es serio!

Digo lo de la mínima evolución histórica, porque estos célebres no se efectuaron siempre en el anfiteatro, tal y como vemos en Gladiator. De hecho en época republicana se realizaban en el circo, como ya mencioné en el post anterior; también en el mismo Foro e incluso junto a algunas tumbas. Inconvenientes: El circo tenía una extensión enorme, como para estar mirando únicamente lo que sucedía en un punto. Además de que en el centro había un murete, del que  ya hablé, llamado spina y ocupaba tres cuartas partes. Cómodo no era. El Foro era más recogido, se podía prestar más a estos combates, pero había que poner asientos de madera y quitarlos cuando hubiera terminado el espectáculo, tampoco hacía gracia, ya que era un retraso para el negocio, además de un poco peligroso para los espectadores. De esta necesidad nacería el anphiteatrum, término con el que se designaba cualquier cosa con asientos en círculo, como ocurría en el circo, pero al contrario que en el teatro, porque debía haber un sitio para la scaena.

Anfiteatro de Verona

Pese a que no sabemos cuándo se erigieron los primeros anfiteatros, tenemos noticias de uno levantado por Julio César en el año 46 a.C. No tenemos ninguna descripción de él, pero se sabe que se trataba, todavía, de una estructura temporal.

En el 29 a.C. Estatilio Tauro se encargó de la construcción de un anfiteatro, que ya tenía algunos elementos en piedra y además, perduró hasta el desastre del 64 d.C., durante el Principado de Nerón. Este mismo emperador levantó un tercer anfiteatro de madera en el Campo de Marte.

Sin embargo sí se han encontrado otros anfiteatros, algunos muy bien conservados, en diversos puntos del Imperio. Como el de Verona, Nemausus (Nîmes) o Arelas (Arles), todos ellos siguen en uso.

Otro de los más importantes y bien conservado es el Anfiteatro de Pompeya, construido en el 75 a.C., es decir, anterior a cualquier otra construcción similar en Roma, además de que es el primero que conocemos, mediante las fuentes monumentales y literarias. Este anfiteatro, excavado en algunas partes, como la arena y los asientos, tenía forma elíptica, con el eje mayor de 150 metros y el menor de 115 metros. Constaba de 35 filas de asientos, entre los que se distinguían tres partes, de abajo a arriba: la imma/infima cavea, la media cavea y la summa cavea. En la zona más alta había una terraza y entre esta y los asientos, había una amplia galería de palcos. Este recinto tenía la capacidad de albergar a 20.000 espectadores.

Anfiteatro de Pompeya, notese al lado la Palestra.

Pero el gran hito que todos estaréis esperando, será la construcción del Amphitheatrum Flavium, en el 80 d.C., lo que conocemos como Coliseo. Esta construcción fue lo suficientemente duradera y grande, como para no tener que construir más espacios similares, en otras partes de la ciudad. Es el edificio mejor conocido de la Antigua Roma, ya que gran parte ha sobrevivido hasta el día de hoy. A diferencia del de Pompeya estaba completamente al nivel de la calle, tenía unas 80 entradas y sus muros alcanzaban los 50 metros. Su forma interna es una elipse de 200  y 170 metros. Destacan sus dependencias subterráneas, que estaban bajo todo el edificio, incluida la arena. Lo que implicaba espacio para cientos de gladiadores, fieras y maquinaria. Además tenía gran número de tuberías de drenaje, que conseguían convertir en poco tiempo, el Coliseo en un lago, donde se desarrollaban batallas navales y vaciarlo con la misma rapidez.

 

Interior del Anfiteatro Flavio
Exterior del Anfiteatro Flavio

Las dimensiones de estos recintos ya nos dan una idea de la popularidad de los juegos, que en ellos se impartían. Veremos ahora los espectáculos más famosos:

Ofrendas, prisioneros de guerra, criminales, todos al mismo saco: gladiadores

Los gladiadores no son cosa exclusiva de romanos, sabemos que esta costumbre llevaba arraigada en la península itálica mucho más tiempo. Surgieron en Campania, donde los nobles acostumbraban a hacer pelear a sus esclavos hasta la muerte y en Etruria, donde posiblemente se remontasen a las ofrendas humanas, en los eventos funerarios, directamente relacionada con la creencia de que la sangre gusta a los muertos. Ya me diréis para qué. En el caso etrusco se trataban en su mayoría prisioneros, lo que se les concedía la oportunidad de luchar por su vida. Esta es la costumbre que adoptarían los romanos mucho después, ya que la primera exhibición romana, de la que tenemos noticia, se remonta al 264 a.C.

Durante los primeros cien años de Roma, estos espectáculos fueron más bien escasos, pero con el devenir de los siglos se volvieron cada vez más frecuentes. Sin embargo, en época Republicana tenían un carácter privado, munera, frente al Imperio que pasaron a ser ludi, es decir, públicos.

Clave del éxito: la sangre

Ya adelanté esto en el post del circo, pero lo vuelvo a decir: a los romanos les gustaba el barro. Para que un espectáculo gustase tenía que tener emoción y si había sangre de por medio, mucho mejor. Imaginemos el disfrute de la gente si encima había sangre.

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En los primeros combates, del 264 d.C. en honor a Bruto Pera, sólo había tres parejas, pero esto llegó a aumentar hasta 60 parejas. Sin ir más lejos, el amado Sila comprobó que celebrando munera obtenía más fácilmente el valor del pueblo, además de ser una excusa para estar siempre de luchadores profesionales que le cubriesen las espaldas. ¿Qué esperar de un hombre que, a su muerte, se hizo incinerar, para que no destrozasen su cuerpo? Tanto si los luchadores profesionales eran destinados a la arena o no, siempre fueron llamados gladiadores, presentes en las peleas callejeras, además eran muy útiles para manipular elecciones e intimidar a los tribunales.

A propósito de ello, el mismo César, antes de las elecciones del 65 a.C. cuando pretendía ser elegido edil, limitó el número de gladiadores que un ciudadano podía llevar por la calle, y también limitó a 320 las parejas de los combates. Fueron famosas las matanzas de Clodio y Milón en el 54 a.C. y tuvo que llegar Pompeyo al año siguiente, como cónsul, para poner orden.

Durante el Imperio, las cifras de gladiadores se disparan. De hecho, Augusto durante su gobierno empleó a más de 10.000 gladiadores, mientras que Trajano superó esa cifra a los cuatro meses de principado.

Problemas de suministro

Como podéis observar esta cifra aumentaba astronómicamente. No había guerras suficientes, para mantener este ritmo.  Es por ello, que a partir de Sila (muy apañado él), se establecieron las escuelas de entrenamiento, destinadas a formar a esclavos en este dudoso arte. De esta forma podían ser enviados esclavos, para que conociesen las técnicas de lucha, tanto si ya tenían experiencia como si no. Sin embargo, sí que procuraban que el carácter del esclavo fuera de naturaleza violenta.

En época de Augusto, los criminales más atroces comenzarán a ser condenados a morir en la arena. Nunca eran ciudadanos y los crímenes penados de esta forma eran los más terribles como el asesinato, el incendio intencionado y por supuesto la traición.

Los espectáculos fueron en aumento y siguió creciendo la demanda. No sólo en Roma, también en las pequeñas localidades de las provincias. De hecho, en tiempos de Cicerón, los gobernadores provinciales fueron frecuentemente acusados de enviar a inocentes a morir en Roma. Incluso eran acusados de enviar a hombres sin familiares o conocidos. Además cuando la delincuencia disminuyó y la demanda seguía aumentando, comenzaron a enviar a la arena a hombres, por las faltas más insignificantes.

Ludus: la escuela de gladiadores

Cicerón nos habla de alguna,  pero ya se documentan otras anteriores en Capua y en Preneste. Algunas fueron creadas por nobles, mientras que otras eran, directamente, propiedad de tratantes de gladiadores, quienes los entrenaban, para posteriormente alquilarlos. Oficio, que sobra decir, apestaba por su reputación.

En época imperial estas escuelas estaban subvencionadas por el Estado. Sólo en Roma había cuatro, pero también había en otras ciudades de Italia. El objetivo convertir a aquellos esclavos en máquinas de matar. Para ello estaban los lanistae, es decir, los entrenadores, quienes tenían a los gladiadores bajo su mando y sometidos a la más dura disciplina. Tenían toda una serie de ejercicios prescritos y todo un programa de entrenamiento estricto, así como una dieta específica compuesta por gran cantidad de cebada, proteínas (procedentes de la carne de las fieras muertas en los espectáculos) e infusiones a base de cenizas, para mantener los niveles de calcio altos y evitar las roturas de huesos.

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Además las escuelas también servían como barracones para los gladiadores entre cada actuación. Más parecidas a escuelas que a prisiones. Famosa es la escuela de Léntulo en Capua, de la cual huyó el famoso Espartaco. La que mejor conocemos es la de Pompeya, un edificio erigido alrededor de una zona central, donde se efectuaban los entrenamientos. Tenía dos plantas, compuestas por habitaciones para los gladiadores.

Tipos de lucha

Lo normal es que los gladiadores lucharan por parejas, es decir, enfrentamientos de uno contra uno, sin embargo, tampoco era extraño que se recurriese a los combates masivos, también conocidos como gregatim o catervatim.

Como he señalado más arriba, en los primeros tiempos se trataba de prisioneros de guerra, por lo que solían luchar con el equipamiento al que estaban acostumbrados. Cuando aparecen los gladiadores profesionales es cuando empiezan a recibir los nombres de “samnitas”, “tracios”, etc., según la forma de lucha.

Era un imán para las masas, a quienes les gustaba ver enfrentarse a hombres con distintas armas y tácticas. Se podía ver a los andabatae, los luchados que llevaban los ojos vendados; a los que luchaban con dos espadas, conocidos como dimachaeri; también los que portaban pesadas redes, los retiarii, quienes se hicieron muy populares por tratar de alcanzar con su red a un secutor, que si era alcanzado moría a golpe de daga. También con tridente fuscina.

Armas habituales

Las conocemos por el equipamiento que portan las representaciones pictóricas y escultóricas, aunque a veces se desconoce a qué tipo de gladiador representan. Estos eran los más comunes:

  • Los más antiguos eran los samnitas, que portaban un cinturón, un manguito de protección, casco, grebas en la pierna izquierda, espada corta y scutum, es decir el escudo largo. A lo largo de la época imperial, el término “samnita” fue sustituído por el de hoplomachi (con armamento pesado)
  • Los siguientes eran los tracios, con el equipamiento parecido al samnita, sin embargo variaba el escudo, que era pequeño (parma) Además para diferenciarlo llevaban una espada curva, llamada sica.
  • Otros eran los galos, que también llevaban armamento pesado, aunque no sabemos exactamente cuáles eran las diferencias con los samnitas. Posteriormente fueron llamados murmillones, por el motivo de peces (mormyr) que adornaban los cascos.
  • Los retiarii, sólo llevaban una protección de piel. Sin embargo el mismo luchador, podía adoptar diversos papeles.

El combate

La noche antes de la exhibición se ofrecía la cena libera, un banquete para los gladiadores, en el que podían recibir visitas de amigos y también admiradores. Los juegos solían celebrarse por la tarde. El día del evento, cuando el editor muneris ocupaba su lugar, los gladiadores desfilaban en procesión y se detenían ante él para pronunciar el famoso: Morituri te salutant.

Mosaico de gladiadores, Galería Borghese, siglo IV.

El programa iniciaba con una especie de simulaciones de combate, que se efectuaban con armas romas. Cuando finalizaba, al toque de trompetas, comenzaba la verdadera lucha. No podían resistirse a salir a la arena, puesto que eran obligados con latigazos y hierros candentes.

El gladiador a quien no se perdonaba la vida, denominado misio, debía recibir el golpe de gracia sin oponer ninguna resistencia. Había combates en que todos luchaban hasta la muerte, sine missione, pero posteriormente fueron prohibidos por Augusto. Los cadáveres de los luchadores eran sacados del recinto por la porta Libitinensis. Para limpiar la sangre rastrillaba o bien se echaba más arena, continuando los combates hasta terminar el espectáculo.

Los gladiadores también tenían sus recompensas. Al entrar en la escuela era simplemente un tiro, mientras que cuando llegaba a ser el mejor o el segundo mejor se su familia, pasaba a ser un primus o secundus palus. Algunos recibían premios valiosos en metálico de sus dueños, pero también de sus admiradores.

Otros espectáculos del anfiteatro

Después de los combates de gladiadores, los más famosos y populares eran las venationes, las cacerías de fieras salvajes. Podían ser tanto cazadores contra fieras, como fieras contra otras fieras. Aunque pronto se dieron cuenta de que la carnicería humana era lo verdaderamente divertido, se generalizaron las luchas de las bestias contra los hombres. Me pregunto cuál era cuál. Estos hombres eran criminales condenados, algunos de verdad, otros con cargos inventados. Frecuentes eran las mujeres y niños condenados “a los leones” por motivos políticos o religiosos. Estos podían atacar con armas, que se les entregaban, pero también podían parecer atados a estacas o encadenados. A veces, para más humillación se les hacía representar el papel de héroes mitológicos.

Mosaico de Magerius 240-250 d.C., Museo Arqueológico de Susa (Túnez)

Pero lo que debió ser impresionante fueron las naumachiae, las batallas navales. No eran meras representaciones, sino como todo lo que se hacía en el circo, encarnizadas batallas reales, cargadas de crueldad y desesperación. Estos primeros espectáculos fueron realizados en lagos, sin embargo posteriormente fueron celebrados en el anfiteatro.

Recreación de una Naumachia

Terminando el espectáculo

Los anuncios de los espectáculos eran realizados en las paredes públicas y a veces privadas de las ciudades. En ellos aparecían el nombre del organizador, la fecha y si eran famosos, los nombres de los gladiadores. También detallaban cuando había velum, toldo para protegerse del sol. Además se han encontrado pintadas con los resultados de los combates. Delante de los nombres de los gladiadores aparecían unas letras que indicaban el fin que había tenido el gladiador. Así tenemos la v. que significa vitit (venció); la p.  periit (murió) y m., missus, vencido pero no muerto.

Hasta aquí esta pequeña introducción al mundo del anfiteatro y sobre todo a los combates de gladiadores, hombres y también mujeres, (dedicaré un post exclusivo a ellas, más adelante) de toda condición y procedencia, quienes tuvieron la desventura de terminar en la arena con trágicos finales, ampliamente aplaudidos, por la mísera diversión del pueblo romano.

Bibliografía

Johnston, Harold W., (2010), La vida en la antigua Roma, Madrid, Alianza Editorial.

Mañas, Alfonso (2013) Gladiadores el gran espectáculo de Roma, Bercelona, Ariel.

Quesada Sanz, Fernando (2008), Armas de Grecia y Roma. Madrid, La Esfera de los Libros.
Teja, A. (1995-1996), “Los edificios deportivos de la Roma Antigua”, Historia de la Educación, Vol. XIV-XV (1995-96), pp. 47-59.
Trachtenberg, M., Hyman, I. (1990), Arquitectura, de la prehistoria a la postmodernidad, Madrid, Akal.

 

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