Mujeres (¿privilegiadas?): las vírgenes vestales

Mujeres (¿privilegiadas?): las vírgenes vestales

Aprovechando que no hace ni un mes desde el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer (entonces no pude), voy a hablar sobre unas mujeres muy especiales, dentro de la sociedad romana.  No hace falta que redunde en el papel secundario de la mujer dentro la sociedad del periodo romano, ya destinaré más adelante un post para ello. Con más o menos cambios, su papel se limitaba a la subordinación de un pater familias, que bien podría ser su padre y posteriormente su marido. Únicamente en casos excepcionales, como las viudas, podían tener cierta independencia sobre sus vidas y, principalmente, sobre sus bienes. Sin embargo, hay un caso extraordinario: el de las vírgenes vestales, quienes sí tenían acceso a una serie de licencias, como la de disponer de sus bienes, sin depender del pater familias. Sin embargo, pese a que a menudo se habla de una posición social favorecida, tampoco podríamos llamar privilegiada. Veremos ahora el por qué.

El culto a Vesta

Es impensable abarcar este artículo sin dedicarle unas líneas mínimas al culto del fuego o en otras palabras más apropiadas, el culto a Vesta. Es de sobra conocida la adoración que ha tenido el fuego, en las diversas culturas que han compuesto la humanidad. Bien por su fascinación o, simplemente, por lo que representaba la necesidad del fuego en su día a día. No era extraño en las sociedades primitivas tener un fuego comunitario, al que acudir en caso de que se apagase el fuego de alguna casa. Esta idea fue evolucionando a otros  significados relacionados con la unidad la familia, pero sobre todo con la práctica de no dejar apagar el fuego familiar.

Hestia Giustiniani, siglo II d.C. Museo Torlonia, Roma.

Este concepto evolucionó, durante las siguientes civilizaciones más avanzadas, dando lugar a culto a dioses protectores del fuego, a veces vinculados a los dioses solares, cuando no eran el mismo dios. El culto a la diosa Vesta nace de esta misma idea, ya se remonta a la época de la monarquía romana, antes del periodo republicano.

Vesta por tanto era la diosa que protegía el hogar así como el bienestar de Roma. Vesta era representada con un cuenco votivo en una mano, mientras que en la otra portaba una antorcha. Ya existía en Grecia esta diosa, conocida como Hestia, según la mitología griega, recordad que en Roma no existen teogonías, era hija de la titánide Rea y el titán Cronos. Decían que había sido cortejada por Apolo y Neptuno, pero que prefirió seguir siendo pura y virgen hasta el fin de los tiempos. Este “voto” le llevó a ser representada junto al fuego sagrado de Roma, también llamado el “fuego de la vida”.

Ya he hablado en otro post de cuan supersticiosos eran los romanos, por lo que podéis haceros una idea del mal augurio que supondría si el fuego sagrado de la ciudad eterna se extinguiese. Con la función de mantener este elemento encendido, se construyó un templo en Roma, que albergase este elemento sacro. Ahí es donde entran en juego las vírgenes vestales.

Las vírgenes vestales

¿Quiénes eran?

Las vestales eran sacerdotisas públicas, Vesta publica populi Romani Quiritium,  vírgenes consagradas a Vesta, diosa del hogar y protectora de Roma, así como de la humanidad. En los primeros tiempos del culto eran dos sacerdotisas, posteriormente se convirtieron en cuatro y finalmente fueron seis. Consideradas como fundamentales para la preservación y cuidado de la ciudad, puesto que eran las encargadas de mantener el vivo el fuego de la diosa. Por otra parte constituían una excepción en sí misma, porque era el único colegio sacerdotal compuesto por mujeres en Roma, ya que era un campo exclusivamente masculino. Sin embargo, los hombres no podían realizar según qué prácticas, como es el caso de la elaboración de la llamada mola salsa, de la que hablaré después.

Capere: la selección

Según la leyenda, se cuenta que las dos primeras vírgenes vestales fueron elección de Eneas, quien supuestamente trajo sus dioses a Italia. Como ya he adelantado, los primeros datos de vestales que poseemos datan de la época monárquica y era el rey el encargado de la elección de estas mujeres a edad temprana, también fue en época monárquica cuando se establecieron los castigos, de los que posteriormente hablaremos.

En época republicana, según la Lex Papia, era el Pontífice Máximo el encargado de seleccionar a las niñas, que se convertirían en vestales. Para ello tenía que reunir a veinte jóvenes de todo el pueblo romano y de entre ellas seleccionar a las seis elegidas. Esta elección se producía cuando las niñas tenían de seis a diez años. Según Fabio Píctor, el Pontifex Maximus, pronunciaba las siguientes palabras: <<Te tomo “amada” te constituyo sacerdotisa de Vesta, de acuerdo con las sabias prescripciones legales, para que ejerzas en provecho del pueblo romano las sagradas funciones que competen el sacerdocio de Vesta>> [1]

Tras la ceremonia, eran llevadas al Atrium Vestae, es decir, la Casa de Vesta. Un espacio, situado en el Foro Romano, junto al templo de la diosa. Una casa amplia con habitaciones y jardines donde vivían estas mujeres. Se situaba al lado de la Regia y junto a la residencia del Pontifex Maximus. Pese a tener la sede en Roma, había otros templos en otras ciudades latinas en Tibur, Alba o Lavinium.

 

Detalle Atrium Vestae, Roma
Vista aérea el Atrium Vestae, Roma

 

 

 

 

 

 

 

 

Allí recibía la llamada Virgo Vestalis Máxima y a partir de aquel momento era constituida como un ciudadano romano de pleno derecho. Esto es que podían realizar testamento, con derechos propios, que únicamente estaban reservados a la oligarquía romana y a las mater familias.[2] Durante esta ceremonia eran acompañadas por la Vestalis Maxima, es decir, la vestal superiora quien supervisaba las tareas de las vestales , además de estar presente en el colegio de los Pontífices. Gracias a los escritos de Labeón Aristo sabemos cuáles eran los requisitos para convertirse en una vestal[3]:

  • Tener entre los seis años cumplidos y los diez por cumplir.
  • Que no tuviese ningún defecto físico ni psicológico.
  • Que ni ella ni su padre hubiesen sido enmancipados aunque estuviese bajo la potestad de su abuelo.
  • Que ningún miembro de su familia hubiese ejercido un negocio sórdido ni hubiese sido jamás esclavo.
  • Por supuesto, tenían que ser vírgenes.

Gracias al mismo autor también sabemos que podían evitar ser vestales en algunos casos[4]:

  • Cuando ya tuviese una hermana vestal.
  • Las hijas de miembros de colegios sacerdotales.
  • Las hijas de quienes no tuviesen un domicilio en Italia.

Servicio

Tras la selección, les esperaban treinta años de servicio a la diosa y, por supuesto, a Roma, porque como ya veíamos en el artículo Claves para entender la religión romana, la religión y la administración estaban íntimamente unidas.

Estos treinta años estaban divididos en tres grandes periodos. Los primeros diez años los dedicaban al aprendizaje del culto a Vesta y las prácticas propias de las vestales. Los diez años siguientes se perfeccionaban en ellos, mientras que los diez últimos eran destinados a enseñar a las vestales más jóvenes.

Cuando terminaban su servicio a Vesta, podían casarse, un derecho obtenido gracias a la Lex Moratia, dictada en favor de la vestal Taracia, quien había obsequiado al  pueblo romano con el Campo Tiberino, más conocido como Campo de Marte.[5] No debían únicamente mantener el voto de castidad, sino que además en el Atrium Vestae, no podía entrar ningún hombre. La entrada, además de a las sacerdotisas, solamente estaba permitida a todas las mujeres hasta el 15 de septiembre, pero debían hacerlo descalzas.[6]

Recreación culto de Vesta

No era gusto de todos que una hija fuese seleccionada como vestal, ya que dejaba de pertenecer a la familia y dependía exclusivamente del collegium. Sin embargo, no se necesitaba ni el permiso de la familia ni tampoco el de la afectada.

El Collegium Vestae estaba íntimamente relacionado con el Colegio Pontifical y sus atribuciones no eran únicamente religiosas, sino que también eran administrativas y jurídicas. [7] De hecho, al Pontifex Maximus, se le atribuye el cuidado del culto a Vesta. Tiene control sobre las comunidades de las vestales y es el único hombre que puede entrar al templo de la diosa[8].

Función

El deber principal era preservar el fuego sagrado de Vesta, sin embargo tenían otras funciones. Entre ellas destacan todos los cultos incruentos relacionados con el fuego, así como las ceremonias relacionadas con las actividades domésticas que fueron sacralizadas.

Eran las encargadas de la elaboración de la sal, que se utilizaba en las prácticas religiosas. Se hacían cargo de todo el proceso, desde el mismo en  que era extraída, ellas se encargaban de molerla, calcinarla y eliminar las impurezas. Tras esto se prensaba en una dura masa, que posteriormente cortaban en porciones[9].

A partir de esta sal, elaboraban la mola salsa, ofrenda que se utilizaba en la gran mayoría de los sacrificios estatales si no en todo. Con esta harina se untaba a la víctima  antes del sacrificio. [10] También se encargaban de su elaboración desde el mismo momento en que se seleccionan los granos para hacer la harina.  La mola salsa se ofertaba en la fiesta de Vesta, las Vestalia, hasta en los Lupercales.

Estas sacerdotisas también participaban en el llamado Sacrificio de los Argeos. Esta ceremonia, celebrada el 15 de mayo, consistía en arrojar al Tíber unos maniquís realizados en junco. Esta práctica es un eco de los sacrificios ctónicos de víctimas humanas, que se hacía como ofrenda a Saturno.

Privilegios

Una vida entera de dedicación al culto tenía, como veremos ahora, ciertos privilegios que les eran vetados al resto de las mujeres de la sociedad romana. Entre ellos estaban los siguientes:

En primer lugar los magistrados tenían la obligación de cederles el paso, cuando se las encontraba por la calle, eran tratadas como si de diosas encarnadas se tratase. En cuanto a los asuntos de justicia, su palabra, por sí sola, sin ningún contexto ni nada que la reforzase, era digna de tener en cuenta. Relacionado con temas jurídicos, si durante un paseo, la vestal topaba con un reo condenado a muerte, le salvaban la vida, siempre y cuando la vestal afirmaba que el encuentro había sido completamente fortuito.

Ritual del fuego eterno, Jean Raoux, 1677-1734.

A ellas les eran confiados los testamentos, además de otros actos secretos. Además, su manutención estaba sufragada por el Estado, ya que eran consideradas sui iuris hijas del Estado y hermanas de todos los ciudadanos.

Dentro del ámbito legal, eran las únicas mujeres que podían hacer testamento, gracias a la Lex Horacia. Por esta misma ley podían intervenir como testigos en los juicios. Podían administrar sus bienes libremente, así como realizar operaciones financieras, absolutamente vetadas al género femenino, sin tener la autorización de un tutor. Tenían algunos privilegios reservados solamente a la élite romana, como el poder desplazarse en una litera, hospedarse en casa una honorable matrona romana, en caso de enfermedad o, tener un papel decisivo en los juegos públicos. Ocupaban una tribuna vecina a la del emperador y tenían voto decisivo en la conservación o eliminación de la vida de un gladiador[11].

Castigos

He aquí la otra cara de la moneda. ¿No pensaríais de verdad que todo era bueno no? Antes de entrar en los castigos habría que hablar del voto de castidad, que estaban obligadas a mantener, durante los treinta años de servicio. Eso, que ya si se cumplía me parece bastante suplicio, si se incumplía era penado con la muerte. Numa Pompilio prefería la lapidación, como castigo. Esto se modifica con Tarquinio Prisco, quien decidió mejorar la pena de muerte. Primero las despojaban de toda insignia de prestigio así como de sus vestimentas de sacerdotisas. Se las maniataba y se les colocaba un sudario, como el de los cadáveres. Tras esto se las colocaba en una litera y se las paseaba por el foro, como si fuese un funeral. Tras el paseo, las conducían al Campus Sceleratus, donde entraban en una cripta, la cual sellaban. Para prolongar su sufrimiento les dejaban comida y agua. ¿Para qué van a tener una muerte rápida pudiéndolas emparedar vivas y humillarlas el mayor tiempo posible?

Vestal, Frederic Leighton, 1880.

Por fortuna solamente se han registrado unos veinte casos en toda la historia de Roma, que ya me parece bastante, pero no son tantos si hablamos de mil años de Imperio. Esto es así, no porque fuesen purísimas y castas, sino por que era muy fácil evadirse de la acusación, ya que no se les podía condenar sino convicta y confessa[12]. No sólo la castigaban a ella, también a su cómplice, quien era azotado hasta la muerte. Ya que no sólo era un tipo de sacrilegium, sino que además, como hemos dicho, las vestales eran consideradas hijas de Roma y hermanas de todos los ciudadanos. Por tanto, estaríamos ante una acusación de incesto.

No sólo había castigos por romper el voto de castidad, también cuando el fuego sagrado se apagaba, la sacerdotisa que estaba de guardia en el momento que ocurría era severamente escarmentada, generalmente era azotada. Cuando el fuego se extinguía, se reunía el Senado y buscaba las causas. Se expiaba el templo y se volvía a encender el fuego, usando la luz solar.

Las Vestalia

Era la fiesta más importante en honor a la diosa Vesta. Se celebraba entre el 7 y el 15 de junio y muy esperada por los romanos. Las vestales, como no podía ser de otra forma, eran las figuras centrales de estas ceremonias. Durante esta celebración las mujeres podían entrar en el templo de Vesta, siempre. Es en estas fechas cuando elaboraban la mola salsa, para todo el año. También se formaban procesiones, con estatuas de Vesta, que desfilaban por las principales calles de Roma, seguidas por las vestales descalzas, quienes seguían cantando alabanzas a la diosa.

Vestimenta y peinados de las vestales

Tal vez una de las cosas más llamativas de las vestales era su vestimenta, que dejaba ver su elevado estatus social, así como su pureza.

Utilizaban túnicas de color blanco, elaboradas en finísimo lino y estaban adornadas por una orla púrpura. De gran importancia era la vitta, una vincha que sujetaba el pelo, pero que era el distintivo de su posición sacra, dentro de la sociedad. Era tal su importancia, que cuando rompía el voto de castidad era de lo primero que se le despojaba.

Vestal velada, Raffaelo Monti, XIX, Chatsworth House, Bakewell

Llevaban el suffibulum, un velo blanco de lana, utilizado en rituales y sacridficios. Lo normal es que debajo de este, llevasen cintas de lana de color rojo y blanco. Estas cintas simbolizaban por una parte el compromiso que adquirían las vestales, para mantener el fuego de Vesta (rojo) y por otro el voto de castidad, que le otorgaba la pureza (blanco). Su atuendo se completaba con la palla, un simple chal, común en la vestimenta de las mujeres romanas, que iba sujeto al hombro izquierdo con una fíbula o alfiler.

En el siguiente enlace os dejo un vídeo en el que recrean los peinados de estas sacerdotisas.

El fin de las vestales

Tras mil años de culto a Vesta, las vestales encontraron su fin en el 391 d.C. cuando el emperador Teodosio prohibió la práctica de todos los cultos paganos. Fue entonces cuando se disuelve el Collegium Vestae definitivamente. Las vestales de ese momento fueron desligadas de sus tareas y finalmente sólo permanecieron en la memoria.

Concluyendo…

Estas mujeres de excepcional estatus, son un reflejo del ideal femenino de la sociedad romana. Cumplen todas las características de lo cómo debería ser una mujer de buena familia. Este patrón, no olvidemos que estaban vinculadas al pontifex maximus, estaba directamente impuesto por el predominio masculino, que designaba a la mujer los únicos papeles de madre y esposa. Hablaremos en otros artículos, más en profundidad, de la condición de la mujer en la Antigua Roma. En definitiva las vestales constituirían la forma más prístina de este modelo idealizado, que no es más que otra forma de dominio sobre la mujer, “enquistado” según Pilar Alberti[13], hasta el final del Imperio Romano.

 

[1] Guillén,J., Urbs Roma. Vida y costumbres de los romanos, 3 vols, Salamanca: Editorial Sígueme, 1980, págs. 316-317.

[2] Alberti, P., “Mujer y religión: Vestiles y Acllacuna, dos instituciones religiosas de mujeres”, en Revista española de antropología americana, 17: (1987), págs. 165.

[3] Ibíd., pág. 166.

[4] Ibíd.

[5] Guillén, pág. 319.

[6] Alberti, pág. 167.

[7] Ibíd., pág. 166.

[8] Ibíd., pág. 167.

[9] James, E.O., Historia de las religiones, Barcelona: Editorial Vergara Saturno, 1960, pág. 499.

[10]Bayet, J., Religión romana. Historia política y psicológica, Madrid: Ediciones Cristiandad, 1984, pág. 113.

[11] Guillén, pág. 499.

[12] Guillén, pág. 320.

[13] Alberti, pág. 171.

[8] Ibíd., pág. 167.

[9] James, pág. 499.

[10]Bayet, pág. 113.

Bibliografía:

ALBERTI, P., “Mujer y religión: Vestiles y Acllacuna, dos instituciones religiosas de mujeres”, en Revista española de antropología americana, 17: (1987) 155-195.

BAYET, J., Religión romana. Historia política y psicológica, Madrid: Ediciones Cristiandad, 1984.

JAMES, E.O., Historia de las religiones, Barcelona: Editorial Vergara Saturno, 1960.

GUILLÉN,J., Urbs Roma. Vida y costumbres de los romanos, 3 vols, Salamanca: Editorial Sígueme, 1980.

 

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