¿Hablamos de la Muerte?

¿Hablamos de la Muerte?

Confiesa. Todos tenemos esa faceta sórdida que nos empuja a leer sobre este delicado tema. Esto esto es así, porque la Muerte es una de las ideas esenciales intrínsecas al ser humano y ha despertado el interés de hombres y mujeres de todas las épocas.

¿Por qué hablar de la Muerte en la Antigüedad?

La Muerte, aún en nuestros días, es un tema que no pierde vigencia. ¿Por qué lo he elegido como primer post de mi blog? Pues por muchas razones, entre ellas que es algo que tengo reciente y me taladra la cabeza cuando menos me lo espero, también porque he tenido que tratar el asunto en el desarrollo de mis novelas, es recurrente e interesante, además de que la Muerte además del final de un ciclo simboliza el principio de otro. De cualquier forma, en algún momento en la vida de toda persona, se le da mínimo un par de vueltas al tema, al igual que ha hecho el conjunto de la humanidad a lo largo de toda su historia. Sin embargo, todos estaremos de acuerdo en que el concepto de Muerte, en toda la amplitud del término, ha tenido distintas visiones a lo largo de las diferentes épocas. Aquí no se aplica lo de “En casa del herrero cuchara de palo”, ya que de lo que os voy a hablar es de la Muerte en el mundo antiguo, más concretamente en Roma, mi especialidad.

¿Qué os puede aportar este artículo que no se haya dicho en otros blogs?, bueno simplemente me gustaría subrayar esas facetas, que a día de hoy compartimos con los antiguos. Tales como costumbres, pensamientos o concepciones, porque no somos otra cosa que el eco de los siglos anteriores. Allá vamos entonces.

¿Herederos?

¿Qué hacemos cada vez que visitamos un cementerio? En las grandes ciudades o bien en los pueblos pequeños, cuando te aproximas a las necrópolis puedes ver a la gente caminando hacia el Campo Santo con flores en las manos o floristerías maliciosamente bien situadas. ¿A quién llevan flores? Pues bueno a sus familiares que acaban de enterrar o llevan ya tiempo sepultados o tal vez incinerados. No llevan flores a cadáveres, llevan flores a su familia o amigos. Siguen honrando su memoria y guardan cuidadosamente su recuerdo. Esto va implícito en la naturaleza del ser humano. ¿Acaso no son esas flores herencia de las ofrendas que los romanos llevaban a sus difuntos? ¿Por qué la molestia de comprar flores caras y regalárselas a alguien que no va a poder olerlas? ¿Es pertinente seguir llamándole “alguien”? Ciertamente sí.

En esta sociedad en la que las creencias son cada vez más pobres, la tecnología ha arrasado con todo y la gente tiende a la incredulidad, nos seguiría escandalizando que un individuo comenzase a orinar entre las tumbas del cementerio. Mínimo le calificaríamos de chalado, pero más probablemente lo perseguiríamos con horcas, antorchas y le moleríamos a palos. Nos importa a nosotros, no al muerto, que ya ni siente ni padece, con un poco de suerte hasta cerecería algo. ¿Por qué, si a ellos ya les da igual a nosotros no? Esto es así, porque quien no tenga sus creencias religiosas, sigue teniendo en mente la memoria de sus seres queridos, lo que fueron, lo que hicieron y que se merecen un buen descanso y esto ha sido una constante a lo largo de toda la Historia de la humanidad. Creo que con esto ilustro un poco mi enfoque del asunto, así que sigamos adelante.

¿Qué significaba la muerte para los romanos?

Lo primero que me gustaría comentar es que, al igual que ocurre ahora, era un momento de trauma, para los más allegados del difuntos. Pero el asunto iba más allá del dolor. Suponía el último rito de paso, el último sello de las etapas de la vida. La fase final, que suponía un cambio radical de estado. Del ser vivo al ser inerte. Tras la muerte, el espíritu del difunto se aferra como puede al mundo de los vivos, pero hay que ayudarle a cruzar al otro lado, solo no puede, ya que los espíritus de los muertos, Manes, no quieren ayudarle a cruzar esa línea, hasta que haya sido purificado. Es entonces, cuando el difunto adquería una actitud maliciosa y vengativa. Además de que en el mismo momento que hay un cadáver en casa, toda la familia quedaba automáticamente contaminada por la muerte y era necesaria una purificación. Por tanto, más allá del duelo, se debían realizar unos ritos precisos para que el alma del difunto pasase correctamente al mundo de los muertos.

Memento Mori, mosaico de Pompeya, siglo I a.C.

Como podéis ver, no es algo nuevo para nosotros, puesto que en casi 3.000 años de historia no hemos cambiado nada. ¿Cuántas películas, series y novelas de terror se fundamentan en una vivienda construida sobre un cementerio o, simplemente, que en el lugar en cuestión sucedió algo terrible y los espíritus rondan a su antojo haciendo infelices a los inquilinos? La gran mayoría son así, con más o menos variantes, pero con una base argumental muy parecida. Esto es un reflejo de las preocupaciones por el más allá todavía vigentes en la actualidad.

Los romanos eran bastante más prácticos que eso, así que optaban por hacer las cosas bien desde el primer momento, para que el alma del difunto llegase bien a las puertas del Averno. Que el ánima llegase a a su destino era una responsabilidad de la familia y, si ésta realizaba el procedimiento adecuado, el difunto era automáticamente purificado, así como la familia al completo.

La importancia de los ritos funerarios

Cuando se me llena la boca diciendo “ritos específicos” para el descanso del alma del difunto me refiero a una cosa: las almas de los difuntos sólo podían descansar, si el cuerpo era sepultado de la forma correcta, lo que en latín se denominaba iusta facere,[1] que tal como dice Johnston en su libro, se consideraba un derecho del muerto. Pero claro, dentro de lo básico, había múltiples variantes dependiendo siempre de las condiciones de la muerte, ya que no siempre se podía hacer.

Había situaciones especiales. Por ejemplo, cuando el cuerpo se perdía, la ceremonia se realizaba de la misma manera. La diferencia es que se construía un cenotaphium, es decir, una tumba vacía. De la misma forma, podía darse el caso contrario, que sería encontrar el cadáver de un hombre y el romano de turno tendría que propiciarle una tumba, como miembro de la comunidad humana que era. Sin embargo, había ocasiones en las que por circunstancias, el cuerpo no podía ser sepultado, para lo cual se derraban sobre él tres puñados de polvo, lo que era suficiente para su descanso. Prácticos ¿eh?

Tipos de ritos:

Durante la época romana, estuvo siempre presente la inhumación, es decir, el enterramiento del cadáver, pero según las épocas convivió también con la incineración. Aunque, hubo una predominancia clara de la inhumación, a lo largo de toda la época romana, sí es cierto, que en época de Augusto se utilizó más la incineración. Así podemos distinguir una serie de fases:

En los primeros tiempos de la sociedad romana, muy influenciados por la cultura griega y la etrusca proliferó la incineración, el fuego como forma de purificación del difunto y la familia. Sin embargo, ya en los siglos VII y VI a.C. se generalizó la inhumación, la cual contribuía a crear y fomentar la idea de ese mundo subterráneo perteneciente a los difuntos. Asistimos, al mismo tiempo, a un cambio en la concepción de la tumba. Al principio sólo estaba concebida como la morada del cuerpo pero, con el devenir de los siglos, pasa a convertirse en la morada del alma.

De cualquier modo, no debemos imaginar estos ritos de la muerte como algo cerrado y hermético, conforme lleguemos a la época de la Roma clásica, el ambiente multicultural de la ciudad eterna dará lugar a numerosos ritos funerarios. En este post he querido relatar los aspectos más fundamentales de los mismos, que son los que más conocemos. Gracias a Cicerón,[2] sabemos que había muchas formas de concebir la muerte. Además, somos conscientes de la influencia que tuvieron epicúreos y estoicos en las capas altas, que fueron bañadas con su escepticismo y su incredulidad. Sin embargo, de los estratos más bajos no sabemos gran cosa y desconocemos si estas corrientes de pensamiento consiguieron penetrar en la plebe. De cualquier forma, la personalidad romana era, por norma general, muy supersticiosa y la gran parte creía en la existencia de un más allá.

Durante el primer milenio, tuvo una gran acogida la incineración. La gran mayoría de los muertos se incineraban, en época de Augusto, pero, incluso entonces, se debía enterrar una parte del difunto, como acto ceremonial. Lo más frecuente era un hueso. Todos los post de este estilo destacan la anécdota de Lucio Cornelio Sila, perteneciente a la gens Cornelia, cuyos miembros habían sido enterrados, tradicionalmente. Sin embargo, cuando le tocó el turno a Sila, él quiso ser incinerado, siguiendo el ejemplo de Cayo Mario, su adversario, por miedo a que sus enemigos políticos pudieran destrozar su cadáver.

Sepulcrum Scipionum, Mausoleo de los Escipiones, utilizado desde el III a.C. hasta comienzos del siglo I d.C. Roma.

Cuando predominó la incineración también hubo otras excepciones como es el caso de los niños menores de 40 días, que eran inmediatamente sepultados o, también, los esclavos, puesto que el coste funerario lo tenía que asumir el dueño y siempre era más barato enterrar que incinerar.

En el siglo II d.C. volvió a predominar la inhumación sobre la incineración.

Habrá otras prácticas, minoritarias dentro del Imperio, como el embalsamado, que predominará en Egipto. Sin embargo hay ejemplos de momias romanas conservadas hoy en día. Este es el caso de la Momia de Grottarossa, perteneciente a una niña de cuatro años, que hoy en día se encuentra en el Museo Arqueológico Nacional de Roma. La pequeña pertenecía a una familia rica, ostenta un lujoso ajuar en el que destacan caros juguetes, como muñecas de marfil, joyas de oro y laspislázuli.

Muñeca perteneciente al ajuar funerario de la Momia de Grottarossa, siglo II d.C. Museo Arqueológico Nacional Romano, Roma

Los lugares de los muertos:

Es impensable abarcar este punto sin mencionar la Ley de las Doce tablas, del 451 a.C. Según este texto, estaba terminantemente prohibido incinerar o enterrar cadáveres, dentro de los límites de las ciudades. Lo que supuso el nacimiento de las necrópolis, que se desarrollaban extramuros. Mientras que los ricos podían permitirse la construcción de impresionantes mausoleos, que mantuviesen su memoria, los pobres solían enterrarse en lugares parecidos a nuestros actuales cementerios, en las afueras de los pueblos y de las ciudades. Era importante mantener el recuerdo del difunto y con este fin, las principales vías que salían de la capital del Imperio fueron flanqueadas por largas hileras de sepulturas, con las inscripciones y monumentos más costosos. Este es el caso de la Vía Apia, que recogió los monumentos funerarios de los más pudientes, algunos siguen en pie en la actualidad.

 

Avenida de las tumbas, Herculano.
Recreación de la Vía Apia, flanqueada por tumbas y otros monumentos conmemorativos

 

 

 

 

 

 

 

Los tamaños y formas de las tumbas variaban en función del número de individuos, poder adquisitivo y del estrato social al que pertenecían. De esta forma, podemos encontrar tumbas individuales y colectivas, tumbas con capacidad suficiente para cobijar varias generaciones de la misma familia. Grandes complejos de tumbas fueron construidos por especuladores, quienes vendían los nichos para urnas a buen precio, a todos aquellos que no tenían el dinero suficiente, como para erigir por sus propios medios una tumba.[3] Los ejemplos más destacados de tumbas son los siguientes: tumbas de caja: realizadas a partir de tegulae, lajas de cerámica que formaban la estructura de una caja, donde se depositaba al difunto; las de a doble vertiente, que suponía una variación de la anterior, en la que dos tegulae hacían las veces de tejadillo a dos aguas y cuyo punto de unión, imbrex, era sellado con tejas. Las tumbas de obra, realizadas con grandes piedras, que formaban las paredes de la tumba. Soluciones más humildes eran las cajas de madera, cerradas con clavos, aunque también destacaban las ánforas, si se trataba de enterramientos infantiles, aunque también utilizadas, como localizadores de una tumba determinada.

Lo habitual es que la tumba también estuviese provista de un ajuar fuenerario, que consistía en objetos personales, que pudiesen describir la vida del difunto o bien objetos que pudiera necesitar en la otra vida o que le gustasen. Ejemplo claro: los soldados eran enterrados con sus armas y los niños con sus juguetes. Además de este tipo de objetos se enterraban una serie de ofrendas, como ungüentarios, alimentos, bebidas, etc.

Un caso especial es el de los puticuli, es decir, las fosas comunes, donde eran inhumados los parias de la sociedad romana. Sabemos de la existencia de una de estas fosas en la parte este del Esquilino. Allí iban a parar los desperdicios de las cloacas romanas, pero que también era el lugar donde eran enterrados los más desfavorecidos económicamente y que tampoco tenían ningún familiar o amigo, que se hiciese cargo de sus restos. Era raro que un ciudadano romano acabase allí, ya que de los libertos se ocupaban sus patronos, las sociedades cooperativas, collegia, se encargaban de los enterramientos de los obreros. Aunque, sí hubo épocas oscuras plagadas de epidemias, en las que sí se hacía un uso masivo de los vertederos y siempre caían aquí la chusma, los esclavos abandonados o, sin ir más lejos, los extranjeros. Estas fosas permanecían descubiertas, encima de los cadáveres arrojaban cualquier tipo de cosa, como la porquería de las calles o animales muertos. Incluso cuando estaban llenas permanecían abiertas, lo que suponía convertir aquel lugar en un ambiente completamente insalubre e inhabitable. Existen noticias de época de Augusto, quien ordenó que estos basureros fueran trasladados más lejos y el Esquilino pasó a convertirse en un parque, el llamado Horti Maecenatis[4].

Mapa de las siete colinas de Roma, con el pomerium (en rojo) marcando los límites de la urbs.

El funus, la ceremonia funeraria

Hoy en día, cuando se muere alguien, lo frecuente es que realice el velatorio en el tanatorio del cementerio de la ciudad o, como es en el caso de los pueblos se sigue realizando en las casas. Después, hay una especie de ceremonia, una misa en el caso de ser religiosos o, tal vez, unas palabras si se opta por algo más laico. Los romanos no eran muy diferentes a esto. Seguían un patrón parecido con sus peculiaridades y, por qué no, lo que hoy llamaríamos extravagancias. Sin embargo, debemos verlo desde su contexto.

Como he comentado en los primeros apartados, una sociedad, tan supersticiosa como lo era la romana, no podía pasar por alto la muerte de alguno de sus miembros, por el dolor que ocasionaba y porque, automáticamente, toda la familia quedaba contaminada.

Los datos de los que disponemos, respecto a la ceremonia funeraria o funus, proceden de personas de alta posición social, de los más pobres, la información es menor.

Los funerales solían celebrarse por la noche y había varios tipos, los más destacados, dentro del funus romanorum, eran el funus translaticum, el destinado a las clases pudientes, el funus publicum, cuando el fallecido había servido al bien del Estado Romano, el funus acerbum, cuando el fallecido era un niño, ceremonia en la que se enterraba de forma simple y tranquila; el funus plebeium, aquel que celebraban los ciudadanos de posición inferior, que no podían realizar una ceremonia pública, entre otros. Sin embargo, no podemos olvidar los más destacados: el funus imperatorum, los destinados a los emperadores, a los que dedicaré un post especial más adelante.

El funus se dividía en varias fases:

La primera de ellas transcurría en la casa del difunto. El funus iniciaba con la conclamatio. Cuando el individuo fallecía en casa, el hijo o heredero tenía el deber de pronunciar tres veces el nombre del difunto. Algunos[5] dicen que con la intención de devolverlo a la vida, otros[6] que simplemente era para cerciorarse de que el individuo no contestase y que realmente estuviera muerto. Tras esta acción le cerraba los ojos y se comenzaba a preparar el cadáver. Para ello lo lavaban en agua caliente y se untaba con diferentes aceites, al mismo tiempo que estiraban sus miembros. Aquellos que habían desempeñado una magistratura curul, se les hacía un máscara mortuoria de cera, es decir, una impronta de la cara del difunto. Tras asear el cadáver se le vestía con la toga y con las insignias de las magistraturas que había ejercido en vida. Después se le colocaba en el lecho fúnebre, lectus funebris, en el atrio de su cada, procurando que los pies permaneciesen hacia la muerta. Este lecho era cubierto de flores, tal y como se sigue haciendo en la actualidad, al igual que se perfumaba con incienso el tálamo funerario. Como ya hemos comentado un par de veces una vez que había un muerto en casa, la familia era impura y era necesario avisar al resto de la vrbs. Por ello colocaban en las puertas de la casa ramas de ciprés o de pino, para indicar que aquella casa y aquella familia estaban contaminadas por la muerte. Estos preparativos podían hacerse a la antigua usanza, es decir, por los parientes y esclavos de la familia o, tal y como ocurre ahora, por profesionales, los libitinarii, que no eran otras cosas que empleados de las funerarias, quienes además de encargarse de las ceremonias podían embalsamar el cuerpo del difunto.[7]

Esto era el procedimiento habitual, pero no hay que olvidar costumbres conocidas por todos, como la de poner una moneda en la boca, para pagar a Caronte, el barquero de los muertos, quien llevaba en su barca al difunto y lo conducía a través de la laguna Estigia hasta los brazos de Plutón. Pero esto tiene carácter más anecdótico, ya que no se debió generalizar en época clásica.

José Benlliure. La barca de Caronte (1919). Valencia, Museo de Bellas Artes.

La segunda fase del funus, era el cortejo fúnebre, propiamente dicho. Mientras que un ciudadano de a pie recibía una sencilla formalidad, un personaje importante de la sociedad romana recibía una pomposa ceremonia, provista de todo el lujo y ostento. Para poneros en canción, aquello se parecía más a una obra teatral que a un culto serio. Había que demostrar el dolor de la familia, quienes, lejos de ocultar el llanto, contrataban a las praeficae, es decir, plañideras profesionales que cobraban por llorar desconsoladamente. Tras los preparativos dentro de la casa, que se han mencionado en el párrafo anterior, era el pregonero el encargado de anunciar al pueblo romano cuándo tendría lugar la procesión. Ésta solía mantener un orden general: en cabeza iban siempre los músicos, que entonaban melodías fúnebres y cantos que enumeraban las virtudes del extinto. Pero junto a estos, solía haber bufones, que lo imitaban y divertían a los presentes.[8]

Debía ser todo un espectáculo, puesto que después eran sacadas a la calle las imagine maiorum, es decir, las máscaras de cera de los antepasados del difunto. Estas eran portadas por actores, quienes representaban el papel en cuestión. Esto sería una ilusión de cómo los antepasados de la familia volvían a la vida para acompañar a su familiar a la otra vida. Se relataban las grandes hazañas del personaje. Tras ellos y en último lugar, iba la familia, con los libertos (esclavos que habrían sido liberados por el testamento) los esclavos, provistos, con antorchas, y los amigos, todos ellos de luto.

La tercera fase era el elogio fúnebre o laudatio funebris. Mientras que si se trataba de un ciudadano corriente, iban directamente al lugar donde iba a ser enterrado, cuando se trataba de un ciudadano público, tenía el derecho a laudatio funebris en el foro. Allí su lecho se colocaba delante de los rostra. Aquellos que llevaban las máscaras de sus antepasados, mientras tanto, ocupaban sus respectivas sillas curules. El pariente más cercano, normalmente su heredero, se ponía en el centro y el resto del público a su alrededor en semicírculo. En aquellos momentos pronunciaba unas palabras de dedicatoria, enumeraba sus logros, hazañas y virtudes, así como fragmentos de la historia.

Tras el discurso, el cortejo volvía a ponerse en marcha, para finalmente llegar al lugar al lugar de enterramiento.

Una vez allí: el procedimiento a seguir dependía de las épocas en, pero había una serie de elementos comunes:

  • Consagración del lugar
  • Tierra sobre los restos
  • Purificación de la familia

Antes del rito, todos los presentes tenían que ponerse de espaldas al difunto y el maestro de ceremonias, o bien el pariente más cercano, era el encargado de abrirle los ojos para que el difunto pudiera ver el cielo por última vez. Tanto si el cuerpo era enterrado, como incinerado, se arrojaban perfumes, especias y ofrendas. En el caso de la incineración, cuando se había consumido el cadáver, se esparcía agua y vino sobre ellas, para apagarlas y contribuir al bienestar del muerto. Las cenizas se secaban con un trapo y se enterraba el hueso ceremonial, generalmente un dedo. Era frecuente que quedasen restos óseos, ya que las temperaturas, que podían alcanzar las piras romanas, no bastaban para calcinar los huesos.

Por último se ofrecía, como sacrificio, a los dioses un cerdo y se efectuaba el silicernium, o comida fúnebre. Al finalizar, la familia volvía a su casa, que era  purificada con ofrendas a los lares. De esta forma se terminaba el funus.

Tras el funus

Con el funus no terminaban los homenajes del difunto. Hoy en día siguen existiendo las misas de aniversario, que se efectúan los años sucesivos a la muerte de una persona. Los romanos no eran menos. Tras el entierro del familiar, sus parientes comenzaban los nueve días de duelo y cuando terminaban, volvían al lugar de enterramiento, donde las cenizas completamente secas, se depositaban en la urna y se le ofrecía al difunto un sacrificio, que seguía con la llamada cena novendialis[9]. El mismo día, los herederos recibían su herencia, además de ofrecerse algunos juegos funerarios. Lo más habitual era que la familia siguiese con el luto los siguientes diez meses, mientras que parientes más lejanos lo retirarían a los ocho meses. Curioso es el caso de los niños, comprendidos entre los tres y diez años, quienes debían estar de luto los mismos meses que años tuviesen en el momento de la muerte. Por tanto, un niño de siete años debería llevar el luto siete meses.

Además, había una serie de celebraciones anuales, como los Parentalia, los Feralia, los Violaria y Rosaria en los que se rendía homenaje a los difuntos, al igual que hoy se hace el día de Todos los Santos, o Halloween como se ha globalizado posteriormente. De cualquier forma, esos días señalados se hacían ofrendas a los dioses, tanto en las tumbas, a los Manes del muerto, como en los templos. Dentro de las propias tumbas celebraban la fiesta, allí comían y ofrecían comida al difunto. Esto sí que es algo más extraño, ahora no podríamos entenderlo ni ponernos a comer dentro de las tumbas. Sin embargo, sí que salimos de puerta en puerta vestidos de fantasmas pidiendo caramelos o simplemente nos atiborrarnos con esos deliciosos dulces, que conocemos como huesos de Santo. Los romanos tampoco nos entenderían a nosotros.

Concluyendo

Tal y como ocurren con otras celebraciones anuales, el cristianismo trató de tapar ritos paganos que comparten ideas esenciales con todas las culturas que han existido. El culto a los muertos era una de ellas y, hoy en día, sigue teniendo gran peso en la sociedad. Es cierto que la parte religiosa ha perdido peso, pero no las costumbres a las cuales iba ligada. Seguimos dejando flores a modo de ofrenda y pretendemos que nuestros difuntos estén lo mejor posible. Es cierto que ya no decimos en su viaje al más allá, pero no podemos evitar pensar en el cielo y el infierno, por muy laicos que seamos.

Para nosotros, los cementerios siguen teniendo un papel importante. Representan el final de este ciclo minúsculo que es la vida, además siguen teniendo un carácter sacro y digno de respeto. Puede que hayamos simplificado mucho las cosas, pero seguimos realizando el velatorio, en los pueblos sigue siendo, muchas veces, en casa del muerto; junto con el solemne traslado de la casa al lugar de descanso, que no es otra cosa que ese paso del mundo de los vivos al mundo de los muertos. Nosotros les llevamos flores en su aniversario todos los años o el día de Todos los Santos adecentamos las tumbas y las aprovisionamos de flores frescas, los más prácticos de plástico, pero sigue siendo el recuerdo de aquellas ofrendas. Hay quien dirá que no tiene nada que ver, ya que en la actualidad no metemos comida ni bebida en los nichos de nuestros abuelos o padres. Esto…lo cierto es que no estoy tan segura de ello. Sin ir más lejos, el día que llevamos a incinerar a mi abuelo, el de la funeraria, estimado conocido de la familia, nos dijo que tenían que revisar siempre los trajes de los muertos. ¿Por qué? Porque ya habían retirado alguna botella de whisky, de coñac o algún bocadillo amorosamente envuelto en papel de aluminio. Una botella de alcohol en un horno crematorio debe ser algo espectacular. Pero si nos ceñimos al tema es un retorno constante a las mismas ideas esenciales, que el ser humano tiene desde el principio de los tiempos. Seguimos queriendo que el viajero llegue a su destino, con las mayores comodidades posibles y que finalmente pueda descansar y, sobre todo, ¡qué no nos atormente!

 

[1] Johnston, La vida en la Antigua Roma, Madrid: Alianza Editorial, 2010, pág.352.

[2] Cicerón, Tuscolanas, I,IX,XVIII.

[3] Johnston, pág. 355.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd., pág. 364.

[6] Bayet, pág. 82.

[7] Johnston, pág. 364.

[8] Ibíd.

[9] Ibíd., 368.

Bibliografía:

BAYET,J., La religión romana: historia política y psicológica, Madrid: Ediciones Cristiandad, 1984.

JOHNSTON, H.W., La vida en la Antigua Roma, Madrid: Alianza Editorial, 2010.

Cicerón, Tuscolanas, I,IX,XVIII.

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