Claves para entender la religión romana

Claves para entender la religión romana

En mis años de estudiante de Historia, una de las asignaturas que marcaron un antes y un después en mi cabezón preciosa cabecita, fue Historia de las Religiones. Como manda mi vocación de historiadora antigua, presté especial atención al tema de la religión romana. Hasta aquel momento, sabía lo típico de mitología romana, que si Júpiter Juno Minerva y Venus… y sus paralelismos con la religión griega.. Sin embargo, lo único que me venía a la cabeza de las formas de culto eran las plegarias que formulaban a los dioses en la serie de Roma y ya, hilando fino, cuando leí Asterix y Obelix: el Adivino, la viñeta en que el adivino se pone a leer el futuro en las tripas del pescado.

Axterix y Obelix: El adivino de René Goscinny y Albert Uderzo

Hasta ahí mi conocimiento. Obviamente tienes las imágenes de los emperadores cuando llevan la cabeza velada, los sacrificios y algunas nociones vagas, pero el culto en sí, nada de nada.

Es en esos momentos cuando sentada en clase mi profesor de Historia de las Religiones me regaló una primera aproximación a la religión romana y nos concedió unas claves para poder comprenderla. Sin embargo, con el magnífico plan Bolonia aquello no pasó de un par de pinceladas, magistrales eso sí, pero pinceladas al fin y al cabo. El post de hoy versa sobre los aspectos principales para aproximarse a la religión romana, pero sobre todo para poder comprenderla. ¡Vamos allá!

  1. La problemática del concepto religión

No podemos hablar de la religión romana, como si fuese un único bloque monolítico. Lo primero que deberíamos señalar es que una religión plenamente histórica, que se ha ido forjando gracias a la unión de otras corrientes religiosas, la más conocida la Griega, pero bebe de otras más antiguas, como la Etrusca. Por eso hasta hablar de “religión romana” para muchos es un error.

Antes de seguir con el tema, he considerado incluir estas ideas, dentro del post, por dos motivos: el primero porque son fundamentales para comprender el resto del artículo y segundo, todas ellas nos son familiares por lo relacionado con las religiones actuales, sin embargo, se puede observar como el significado de origen es diferente al que conocemos en la actualidad.

Para empezar, debería hablar del propio término de religio, que procede de re-ligare, es decir, volver a unir. ¿Pero volver a unir el qué? Con la religión lo que se pretende es mantener la relación existente entre dioses y hombres, en otras palabras mantener, cuando no alcanzar la pax deorum, la paz con los dioses. De este término procedía el concepto religiosus, es decir, propiedad de los dioses o bien elementos relacionados con la muerte. Ejemplo de religiosus: una tumba abierta y profanada.

Sacer: es aquello sagrado o maldito y esto afecta a las cosas cotidianas. Por ejemplo, para los romanos alguien epiléptico era tan sagrado que llegaba a ser maldito. De esta misma palabra deriva sacrilegium, es decir, la praxis religiosa. Sagrado se considera a toda propiedad de los dioses, por lo que no podemos entrar en ese ámbito, a no ser que tengamos su permiso, por lo que si lo hiciéramos estaríamos incurriendo al sacrilegium.

Otra idea clave es la de pietas, que se refiere a todo lo que rige las obligaciones de los hombres con los dioses,  pero también con, por ejemplo, sus padres. Por el contrario la impietas sería la omisión de una práctica correcta, no está relacionado con las creencias. La impietas a veces es involuntaria, el problema es cuando es voluntaria, entonces el sujeto se convierte en un sacrílego. Cuando se comete impietas, siempre y cuando se involuntaria, podía ser subsanada, expius.

Con sanctus se referían a algo puro e inmune, como por ejemplo la sacrosanctitas tribunicia. Nadie podía agredir, herir o matar a un tribuno de la plebe, puesto que eran sacrosanctos.

Por último, pero tal vez más importante, el concepto de superstitio, del cual deriva nuestro vocablo superstición. Con esta palabra se expresa el sentimiento de que los dioses son temibles, por lo que hay que guardarles el debido respeto y esto se realizaba mediante unos ritos concretos, extremadamente minuciosos. Este respeto lo debe guardar toda la comunidad romana sin excepción. Al estado romano no le importa que adores a tus dioses, siempre y cuando respetes la pietas.

  1. Piedad y sentimiento religioso

Lo más destacable de la mentalidad romana es ese sentimiento de profundo respeto a la tradición, pero al mismo tiempo al proceso de innovación y testigo de ello es el desarrollo de ese vasto Imperio, que hoy conocemos como Romano. Por tanto asistimos ya a una dualidad en el carácter religioso romano, la de ese conservadurismo así como la constante innovación, que duró durante más de 1000 años.

Otra de las grandes características de esta “religión” es su tolerancia con otras religiones, ya que dejan que convivan junto a la suya, siempre que se respeten a los dioses romanos. Esto nos lleva a la siguiente característica.

Es una religión puramente cívica y politeísta, en la que los cultos se realizan a plena luz del día y bajo el control del Estado Romano, que es el intermediario que existe entre los dioses y los hombres.. Tú puedes tener tu religión y practicarla, siempre y cuando sigas ejerciendo los cultos romanos tal y como está estipulado por la tradición.

El ciudadano romano siempre tuvo un miedo tremendo a las cosas divinas, superstitio, esto significaba que como los dioses suelen montar en cólera es mejor tenerlos apaciguados. Es importante, para ellos, saber qué está pasando en todo momento, no hay lugar para la especulación.

Además de ser una religión politeísta son dioses antropomorfos en su más amplio sentido. No hay una teogonía, es decir, a diferencia de lo que ocurre en Grecia, que los dioses tienen parentescos entre ellos, en Roma no. Cada dios tiene unas competencias, pero no parentescos, aunque sí pueden colaborar entre ellos.

Aunque haya titulado al apartado piedad y sentimiento religioso, esto segundo dista mucho de lo primero, puesto que no existe una piedad personal, sino un interés. A Ceres se le dirigen por la fertilidad que puede proporcionarles a las cosechas, no por devoción. Por tanto, la relación de los antiguos romanos con sus dioses, distaba mucho del fervoroso amor que puede tener un cristiano por Dios. Hay quien rechaza la idea del ritualismo contractual, como Bayet,[1] pero yo soy partidaria de que la relación que había entre dioses y hombres se parecía bastante a un contrato, por el cual ambas partes tienen intereses, que dista mucho de lo que hoy en día entendemos por “sentimiento por lo divino”. Sin embargo hay que tener claros una serie de aspectos:

En primer lugar, no cabe duda de que el ciudadano romano experimentaba un profundo respeto y temor por los dioses, fundamentado en esa incomprensión por los fenómenos naturales que eran incapaces de explicar. Es este sentido del misterio lo que le causa, en partes iguales, admiración y estupor, por lo que le acompañaría a lo largo de su vida, hasta el punto de que acabaría por convertirse en monotonía y de ahí al convencionalismo existen muy pocos pasos.

Sin embargo, el ciudadano romano era un ser inmensamente supersticioso, por lo que cualquier anomalía que rompiese la rutina, suponía el despertar de los prodigia, los portenta o los monstra. En otras palabras las señales, que podían ser las mismísimas acciones de los dioses. Estos prodigios y otras alteraciones  podrían ser contrarrestados mediante una serie de ritos, fijados por la religión. ¿Que ocurría con esto? que, finalmente, a nivel personal, esta ignorancia por los fenómenos naturales dio paso a una credulidad  importante. Esto les llevaba a relaciones hechos de diversa índole con creencias muy dispares, por ejemplo achacar un mal a un espíritu.

De ahí que la precaución y el temor, formen parte del sentimiento religioso de esta antigua sociedad. Para ellos el mundo estaba poblados de fuerzas ocultas, por lo que había que preservar cuidadosamente cada elemento sagrado y se trata de adorar a esas fuerzas divinas, con la intención de alejarlas de la intención de emprender acciones hostiles contra los individuos. Para los latinos, lo “sagrado” se traduce en lo “intocable” y la fe religiosa, no es otra cosa que la “confianza” en un “contrato”. Sin embargo, la ofrenda destinada a los dioses, no es garantía de nada, es decir, no obliga en nada al dios. Esto es así porque puede que la víctima del sacrificio no le guste al dios y es en esos momentos cuando al fiel se le niega la pax deorum.

Otro concepto clave es el de pietas, que no debemos confundir con nuestra piedad, sino que se debe traducir como pureza.

  1. Formas de culto

El primer problema que se encontraba un romano, cuando quería pedirle algo a un dios era a qué dios tenía que dirigirse, puesto que había cientos de ellos en función de las múltiples necesidades de los romanos, tanto grandes como pequeñas. Vosotros diréis, si quiero una buena pesca le hago un sacrificio a Neptuno, si quiero velar por los muertos uno a Plutón y si quiero que mi cosecha prospere le hago una ofrenda a Ceres. Pero no era tan sencillo, puesto que cada uno de los dioses tenía múltiples epítetos según necesidad. Por tanto había que nombrar a los dioses por su nombre exacto. Si no se sabía, lo mejor era utilizar fórmulas ambiguas del tipo: “dios o diosa” “cualquiera que sea macho o hembra”. Mejor ir a lo seguro, que nombrar al dios equivocado y que ocurriese una catástrofe divina. Por el contrario, a veces no se trataba de pedirles un favor, sino que de tener algún dios apaciguado, como por ejemplo cuando las legiones romanas conquistaban un territorio y desconocían el nombre del dios al que debían dirigirse. En esos momentos, utilizaban una fórmula específica, la evocatio, por la cual los romanos invitaban al dios desconocido a Roma, donde le construirían un templo. Este es el caso de Tanit, diosa tutelar de Cartago, quien pasó al panteón romano como Juno Caelestis.

Templo de Juno Caelestis en el yacimiento arqueológico de Dougga (Túnez). Anteriormente a la ocupación romana, era un santuario dedicado a la diosa cartaginesa Tanit

La religión romana gira en torno a la idea de comunidad, en la que hay una tolerancia con las otras religiones siempre y cuando sea bajo el control y el respeto de la religión romana. Para los romanos los dioses también eran ciudadanos. Unos ciudadanos muy vips, eso sí. Se trata de respetar la pax deorum ante todo.

Además de no tener ningún libro revelador/sagrado, como la Biblia o el Corán, tampoco existe una autoridad religiosa, sino que esta se reparte en los diversos colegios sacerdotales, encargados de estudiar las cosas sagradas.

  1. Aspectos rituales en la religión romana

Hay quien califica la religión romana como un manual de convivencia con los dioses, que tiene como objetivo asegurar la voluntad de estos y que las actividades que emprenden los hombres tengan buen éxito. No se trata de crear buenos creyentes o buenas personas, sino de ser buenos ciudadanos. El bien de la comunidad con los dioses y siendo el Estado como mediador.

En cuanto a los ritos, no encontramos ningún rito puramente romano, sino que las cosas se hacen bien a la forma etrusca o bien a la griega. Dentro de los ritos se pueden distinguir varios tipos:

La invocación: es cuando se invoca a la divinidad, es la forma más sencilla de culto. Es una especie de orden respetuosa, en palabras de Bayet[2], fundamentadas en una especie de confianza entre hombres y dioses, que en los tiempos primitivos de la religión romana se ve reforzada por las formas antropomorfas de los dioses.

La adoratio, no confundir con nuestro término “adoración”. La adoratio no es otra cosa que una plegaria. Es decir, se le ruega al dios un deseo, que puede satisfacer.

La supplicatio, otro false friend. En época clásica significa un peregrinaje del conjunto de la ciudadanía romana, a diversos santuarios de distintos dioses. Esta peregrinación tenía como objetivo una llamada masiva a todos los dioses, en la que se les rogaba que retirasen todos los efectos siniestros que pudieran caer sobre ellos, lo que se conocía como expiatio. También se daba en los casos de querer pedir buenos resultados cuando se iba a emprender algún tipo de empresa, como por ejemplo una guerra.[3] Es a lo que se denominaba propitiatio.

La oración, que viene codificada y es formulada por el sacerdote. El único resquicio de piedad individual es el llamado voto, es decir, cuando se ofrece algo a cambio de algún tipo de favor. Sin embargo, se debía cumplir lo prometido o atenerse a las consecuencias divinas.

El sacrificio: que como su propio nombre indica viene de sacrum faceere, es decir, convertir algo terrenal en algo sacer, intocable, reservado. Respecto a los sacrificios, los dioses pueden preferir a unas víctimas más que a otras y se han conservado instrucciones en las que se detallan las preferencias de los dioses. Gracias a ellas sabemos que la diosa Ceres prefería un cerdo hembra, Vulcano una víctima de pelo rojo, Júpiter un buey blanco, Marte un caballo y las divinidades subterráneas preferían los animales de color oscuro, creencia que siguió durante toda la antigüedad, el medievo y hasta hoy en día a alguien le da apuro que se le cruce un gato negro.

Fresco romano, perteneciente a un lararium de Pompeya, escenas rituales con los dioses lares protando cuernos de la abundancia. Museo Arqueológico de Nápoles.

Relacionado con el sacrificio está la adivinación. Cuando un animal era sacrificado, desde el mismo momento de la consagración adquiría un estado suprahumano. Por lo que si se abría su cuerpo se podía leer en sus entrañas si la divinidad estaba complacida con la ofrenda o, por el contrario, había montado en cólera. Esta práctica se le conoce como aruspicina y es de procedencia etrusca. Sin embargo, este pueblo era capaz de mucho más mirándole las vísceras a los animales sacrificados, ya que no sólo veía si el animal había sido del agrado del dios, sino que además podían describir por los detalles del hígado que podían esperar del futuro[4].

Hígado de Piacenza. Representación de un hígado de oveja con inscripciones etruscas. Finales del siglo II d.C. Museo Arqueológico de Piacenza

Tanto la invocación, la plegaria como el sacrificio aparecían juntos y se exigía, para realizarlos una meticulosidad, basada en fórmulas, según el tipo de ceremonia y también según el tipo del dios. Gracias al tratado Agricultura de Catón el Viejo, sabemos cómo se debía realizar un sacrificio, que garantizase la salud de los bueyes[5]. Además no sólo eran unas indicaciones muy precisas, sino que además todos los ritos aparecían envueltos en precauciones adicionales. Siguiendo con Catón, nos da un ejemplo de cómo antes de sacrificar la cerda a Ceres antes de la cosecha convenía formular unas plegarias a Jano, Júpiter y Juno[6].

No he podido resistirme a poner esta viñeta de Asterix y Obelix: el Adivino, de René Goscinny y Albert Uderzo

Por tanto para estas prácticas: eran necesarios unos actos rituales meticulosos, un vocabulario muy claro y exacto, así como una precisión en lo que se pretende dar y en lo que se espera recibir. Valía más pasarse de minucioso y redundante que dejarse algo o, peor, a alguien.

Conclusiones

Todos estos aspectos tuvieron vigencia en época republicana pero se alargaron durante el Imperio. Sin embargo, durante el Principado de Augusto, el prínceps vio una serie de inconvenientes y que era necesario subsanar.

El gran problema que presentaba la religión romana fue el poco espacio para la piedad personal. Augusto lo vio venir, se dio cuenta de que debía reunir a toda la comunidad romana, bajo el sol de un nuevo Alejandro y trató de solventar el problema gracias al culto al emperador, del que hablaré más adelante en otro post. Él mismo se declara Hijo del divino César. Los emperadores pasan a formar parte del Panteón romano, mediante la apoteosis un ritual que convertía a los emperadores fallecidos en dioses. Augusto aparece como augur, como Pater Patriae, pero sobre todo como mediador entre hombres y dioses. Por tanto el Culto Imperial pasa a considerarse como el acto de lealtad política, por lo que la autoridad de Roma crece y se consolida.

Sin embargo, el culto al emperador jamás pudo solventar la necesidad de piedad personal de toda esa cantidad de individuos. Es entonces cuando experimenta su auge las religiones salvíficas, el mitraísmo o el culto a Isis. Pero sobre todo, triunfa una religión por encima de todas, que no sólo atiende esa necesidad de piedad personal, sino que nos dice qué ocurre después de la Muerte. A partir del 313 d.C. es cuando se produjo el gran triunfo del Cristianismo.

 

Bayet, J., La religión romana: historia política y psicológica. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1984.

[1] Ibíd. pág. 152.

[2] Ibíd. pág. 142.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd., pág.144.

Catón el Viejo, Agricultura.

[5] Catón, Agricultura, 33.

[6] Catón, Agricultura, 134.

Bibliografía

BAYET, J., La religión romana: historia política y psicológica. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1984.

DIEZ DE VELASCO, F., Introducción a la historia de las religiones, Madrid: Trotta, págs.295-303.

 


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